Perdidos. Miguel Ibáñez
Habíamos naufragado en una isla desierta, pero desde que llegamos nosotros ya no se podía decir que la isla estuviera desierta, así que alguien propuso sustituir “desierta” por “aislada” en el mensaje que íbamos a meter en una botella, pero otro objetó que “aislada” es una propiedad que se puede, y aún se debe, predicar de todas las islas, así que eso era una estupidez redundante, y un tercero sugirió “incomunicada”, a lo que un cuarto respondió que desde el momento en que alguien leyera el mensaje la isla ya no estaría “incomunicada”, hablando con sentido común, de manera que el quinto aventuró “desconocida”, pero eso equivalía, discrepó el sexto, a decir que no conocemos nuestras propias narices, puesto que ahora ya conocemos la isla desconocida, y de esa misma manera fueron rebatidos todos los adjetivos posibles: “ignorada”, “oculta”, “secreta”, “incógnita”…; mientras que otros como “inexplorada”, “escondida”, “apartada” o “lejana” no daban una idea cabal de nuestra circunstancia; así que cogimos nuestra única botella y la subimos a lo alto de un cocotero, con la esperanza de que el sol la haga brillar y llame la atención de alguien.
El mensaje se lo acabó llevando el viento. A veces imagino que alguien lo recibe y lee: “Hemos naufragado en una isla…” y no necesita leer más y organiza el rescate, pero otras veces me angustia suponer que quien lo encuentra se queda con el papel en la mano, pensando: En una isla, sí, ¿pero en qué tipo de isla?, ¿salvaje, paradisíaca, llena de caníbales, de pintores, de palmeras, de caníbales que pintan bajo las palmeras…?

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