El último habitante de la Tierra hizo un recorrido por las instalaciones vacías. En la pista ya estaba preparada la nave que lo llevaría al planeta donde lo esperaban los demás. Le había tocado a él quedarse para vigilar desde la base la trayectoria de los otros vuelos. Dentro de poco saldría el suyo propio, automatizado y programado para que lo llevara a la Nueva Tierra. Y allí tendría su parcela, su casa, su medio de vida: todo estaba ya previsto para que los colonizadores pudieran fundar una nueva sociedad sin guerras ni diferencias de clase.
No pudo evitar la nostalgia cuando echó un último vistazo a las montañas, iluminadas en el atardecer, al valle que no volvería a pisar, a las copas relucientes de los árboles. Pero en el nuevo mundo todo sería distinto; ninguna añoranza del pasado imperfecto tendría sentido allí.
Se metió en la cápsula espacial, encendió los motores y se dispuso a dormir. De pronto recordó que se le había olvidado cerrar la última puerta, la que comunicaba el interior de la base con la superficie de lanzamiento. Qué tontería. ¿A quién le iba a importar eso ahora?
Pero mientras el cohete subía no podía quitarse de la cabeza el sonido de la puerta empujada por el viento. Imaginó la puerta golpeando eternamente para nadie, sin que ninguna voz humana gritara: ¡Esa puerta!
Pensó en el ruido sordo y seco expandiéndose por un mundo vacío. Y supo que ese ruido le acompañaría siempre. Que la vida ya no iba a ser perfecta.