Los domingos nublados de verano,
por las mañanas, brillan con un presentimiento
de la luz, una cálida sospecha de la luz,
que espera al otro lado de las nubes.
Y de pronto cualquier alteración del cielo
se convierte en un signo: algo que no es,
no existe por sí mismo, sino por lo que anuncia.
No adquiere su valor por lo que muestra
sino por lo que deja de mostrar,
pues lo que oculta es lo que promete.
Y ese baile de velos, ese juego de sombras
a veces se resuelve en una algarabía
de niños que se arrojan a la playa
con presteza y ardor de saqueadores;
se prolonga otras veces
en una larga tarde de películas;
pero siempre nos deja
ese inquietante hábito de estar
atentos a los signos,
de ser lectores hasta con la piel,
pues el calor y el frío, luz y sombra,
son cartas que debemos leer con todo el cuerpo.
Pues me quedo con estos seis últimos preciosos versos!
Besos
Comentario por Mita — 14 septiembre 2010 @ 18:09
Gracias, Mita. Yo también. El resto es la parte discursiva que desemboca en el final como un río en el mar. Los ríos son a veces inevitablemente monótonos, pero si uno los sigue hasta el final -hasta la “ría”, en femenino- piensa: bueno, el viaje ha merecido la pena.
Y si un lector piensa lo mismo de un poema, es que el viaje ha merecido la pena.
Comentario por Miguel Ibáñez — 14 septiembre 2010 @ 18:14