Que los muertos entierren a los muertos.
La iglesia neorrománica donde me bautizaron
está solo a unos pasos del viejo cementerio.
Un camino asfaltado, sin árboles, sin sombra,
une el primer lugar y el último. Es muy grande
la tentación de unirlos también en el poema,
y así se anudaría un hilo de palabras
en torno a una metáfora: el camino
de la vida a la muerte es corto y es vulgar.
No falta además cierto lirismo resignado
en ese cementerio anodino, tranquilo
como la galería de casa de la abuela.
Y hay paz. Uno se siente a gusto allí,
donde tumbas y nombres con sus fechas
inspiran un discreto, decoroso estoicismo.
Pero es una paz lánguida, indecisa.
Flota como una nube, y se parece más
a una cansada tregua entre dos guerras
que al júbilo sereno,
a la gozosa calma de quien sabe
que la muerte ya ha sido derrotada.
Que los muertos entierren a los muertos.
Que los vivos recojan lo que siembren.
Es bellísimo.
Comentario por Inma — 7 octubre 2010 @ 15:07
Muchas gracias, Inma. Yo tampoco estoy descontento de este tipo de poemas cuando me salen bien: breves narraciones que al mismo tiempo pretenden ser algo más que breves narraciones. Es un problema de entonación, en el fondo: cuando uno acierta desde el principio con la entonación adecuada -cuando uno se deja encontrar por la música del poema- acierta también con el lenguaje, las imágenes, la métrica…
Pero si no, no hay nada que hacer.
Comentario por Miguel Ibáñez — 7 octubre 2010 @ 17:05
Es verdad…”se deja encontrar”…muy bien dicho.
Comentario por Inma — 5 noviembre 2010 @ 14:37
“Que los muertos entierren a los muertos.
Que los vivos recojan lo que siembren.”
Que palabras, hermoso
Comentario por emiliano — 14 enero 2011 @ 21:02