II : Encorvado, como si se buscase a sí mismo, una manera de defenderse. Apenas se podía ver el libro que tenía en las manos. A veces emitía una mínima exclamación y luego volvía a leer en el silencio del parque, del agua estancada. En un momento dejó de leer. Creo que me vio. Cerró el libro e hizo un amago de levantarse del banco e irse, pero no, permaneció allí, sentado y encorvado sobre sí mismo, en una posición de espera, con el libro cerrado en las manos, como si temiera que la luz de la tarde velara lo escrito o las palabras escapasen hacia las hojas de los árboles. Me pareció que continuaba leyendo aquel libro cerrado cuando me fui.
Leemos lo que ya hemos leído.
III : Una mujer joven lee una carta frente a la claridad de una ventana abierta. Vermeer nos muestra la luz que atraviesa el irregular cristal emplomado y se esparce por la habitación en penumbra. La mujer está inmersa en la lectura, tiene los labios separados, como si paladeara lo que lee, como si leyendo se oyese a sí misma.
Hay demasiada separación entre sus grandes ojos y las manos que sostienen con firmeza el arrugado papel. Advertimos en ello el germinar de una pasión que aún no exige cercanía, un cierto refreno, acaso las marchitas razones de la prudencia.
En primer plano, el pintor nos enseña diversas frutas (manzanas y melocotones) en una bandeja inclinada sobre un tapiz, tal vez una simbología, la voluptuosa mordedura del pecado original. A la derecha, una cortina o telón de un verde amarillento y sostenida por una barra transversal nos permite “ver” la escena, mostrar el cuadro. Todo revela atención y sugiere una soledad impuesta, pero a la vez un deseo de abrirse al desorden del mundo: la claridad fugitiva que entra por la ventana; la fruta y el tapiz descuidados; la secreta convulsión de quien a solas lee y tal vez se oye leer.
Llueve en Dresde. A la salida del museo donde se puede ver este bellísimo óleo de Vermeer otra mujer lee un plano de la ciudad, reduce con sus manos la rebeldía del desplegable y mueve los labios, una manera de confirmar lo leído. En el escaparate de una frutería cercana brillan unas manzanas rojas y los parabrisas de los coches van y vienen de un lado a otro. Más allá, la claridad repentina de un semáforo. Así la vida.
Leemos para atravesar las calles del tiempo.
II. Un monje ciego esparce un veneno mortal entre las páginas de un libro a su vez venenoso. Es Umberto Eco quien nos cuenta en “El nombre de la rosa” la doble perversión de ese monje: eliminar un libro potencialmente peligroso y, a la vez, aniquilar a quien lo lee. Ese monje encarna otros poderosos tósigos que controlan la lectura o el saber; vela para que no se transgredan los límites; vigila para que determinados libros, esos que han cambiado y cambian la conciencia del mundo, no nos despierten de nuestro “feliz” y “entretenido” letargo.
Leer y escribir para trans-formar, para con-mover.
III. Empaña con su aliento el cristal de la ventanilla. El tren silba al entrar en un túnel y se enciende la luz del vagón. Estoy sentado frente a ella. Se abre de nuevo el paisaje. La niña dibuja con su minúsculo dedo algo parecido a letras irreconocibles. Afuera llueve. Me fijo en esos trazos, ahora atravesados por estriadas gotas de lluvia.
Cuando escribo, empaño con mi aliento la página en blanco.
IV. Nietzsche en el prólogo de “Aurora” exigía a los que practican el “arte venerable” de la lectura el saber “volverse silenciosos y pausados”. Nuestra época, bulliciosa e hiperactiva, soporta mal el silencio y la lentitud. El filósofo desconfiaba de los lectores modernos.
Un caracol lee sobre la hoja de una berza.
V. Walter Benjamin, en un texto titulado “Experiencia y pobreza”, reflexiona sobre la abundancia de estímulos y la pobreza de experiencias que caracteriza nuestro mundo. Tenemos el conocimiento, pero como algo externo a nosotros, como un útil o una mercancía.
Cada vez sabemos más, pero no cambiamos con lo que sabemos.
VI. A los ochenta y dos años aprendió a leer. Aquel maestro le enseñó lo que ella siempre había querido. Leyó un libro, muy despacio, silabeando cada palabra, deteniéndose en cada frase, respirando en las comas, en los puntos. Cuando finalizó la lectura, entre satisfecha y triste, fue a ver al maestro y con voz quebrada le preguntó: ¿cuándo me va a enseñar a leer otro libro?
Nunca dejamos de aprender a leer.