La Grúa de Piedra. Literatura y malas artes

24 Marzo 2008

La revista Fábula será presentada hoy en Santander

Archivado en: Abascal Fernando, Villar — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 5:33
La fábula de Aracne o Las hilanderas. Velázquez
La revista ‘Fábula’, dirigida por el cántabro Carlos Villar, será presentada hoy, lunes, a las 20 horas, en la librería Gil, en la Plaza de Pombo, de Santander. El poeta Fernando Abascal participará en el acto literario, con la lectura de algunos de sus poemas más conocidos.

 

Este acto supone un paso más en la difusión nacional de la publicación, cuya presentación oficial fue apadrinada por Juan pedro Aparicio, reputado escritor y director del Instituto Cervantes en Londres. Aparicio presentó el pasado mes de noviembre en el Ateneo Riojano el número 23 de ‘Fábula’, que tras once años en el panorama literario se consolida como una de las revistas más relevantes del género.

 

Aunque editada en La Rioja, ‘Fábula’ siempre ha tenido muy presente sus raíces cántabras. No en vano, en números pasados han publicado obras de autores conocidos en la región como los narradores Gonzalo Calcedo, Enrique Álvarez, Javier Rodríguez Pérez-Rasilla; los poetas Carlos Alcorta, Rafael Fombellida, Tono González Fuentes, Ana Rodríguez de la Robla, Vicente Gutiérrez Escudero, Juan José Roiz, Vicente Aquilino o Alberto Santamaría; los críticos José Manuel Cabrales y Dámaso López, o las entrevistas a José Hierro o Álvaro Pombo.

 

En este último número, ‘Fábula’ apuesta una vez más por la variedad de estilos, autores y tendencias, ofreciendo un amplio abanico de las diversas facetas de la creación literaria contemporánea en lengua española. La revista ‘Fábula’ nació en La Rioja por el interés de varios apasionados de las letras.

 

 

13 Febrero 2008

Tengo la televisión encendida… Fernando Abascal

Archivado en: Abascal Fernando — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 17:31

Tengo la televisión encendida, mis ojos en la vulva iluminada de la pantalla.
El tiempo huye por los cables, se estanca en altísimas nubes de metal.
Estamos muertos.
Minutos de publicidad: perfumes, cuerpos jóvenes en movimiento;
la belleza fugitiva de una mujer, su cabello al aire, sin heridas;
el brillo volátil de coches en carreteras sinuosas; la gran risa eléctrica del mundo;
esa insolente sucesión de instantes,
una acupuntura que alivia y adormece, unta en las mentes la margarina de los deseos.
Estamos muertos.
Cruzo las piernas, miro la ventana, la mesa, las venas abultadas de mis manos,
la fragmentada realidad que me define.
Y llegan las noticias: cadáveres abiertos, la banca gana, sucesos,
el juego de la muerte una vez más, sin mancha;
declaraciones, comunicados, ruedas de prensa, las pasarelas del decir;
saltos, carreras, records, esa imprecisa oquedad de las imágenes,
el fulgor de una extinguida conciencia, su disfrazada y esférica exactitud, sin quiebra.
Estamos muertos.
Derramo el vaso de leche. Más allá de mí, en las afueras, alguien se queja,
el dolor siempre es oscuro; habitaciones de cristal.
Y yo estoy solo, viendo el centelleo de la pantalla, el fluir de su reproducida nada,
último ensayo de una arrasada representación: ver para creer.

4 Agosto 2007

Escenas de lectura II. Fernando Abascal

Archivado en: Abascal Fernando — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 18:12

I : Los platos y los vasos en su sitio, el orden final de la cocina, la blancura de los azulejos. Mi madre extiende la manta de planchar sobre el fogón, muy cerca del horno aún caliente. Ambos sentados con los pies colgando, había algo de juego en esa postura. Ella abre la cartilla, hoy toca la “d”. Yo leo dado, dedo, diente, doce, ducha. Son las cuatro de la tarde y tengo cuatro años.
El índice de su mano recorre los renglones; sigo la curva de su uña, parece el rabillo de las letras, un extraño esmalte que une las palabras y las hace sonar en mi boca. No hay apenas significado, sólo la música breve, percutida, de las sílabas y el tic-tac del reloj del pasillo que se repite incansable en su caja de madera.
Pasa el tiempo y oscurecen los azulejos. Se me derrite la chocolatina que mi padre me ha traído, guardo el cromo. Las letras salían del dedo, de la mano, del brazo, del seno, del cuello, de la boca de mi madre. Y a mi boca llegaban como una lenta succión para hacerse nombre, sola palabra.
De niños leemos con el cuerpo. 

II : Encorvado, como si se buscase a sí mismo, una manera de defenderse. Apenas se podía ver el libro que tenía en las manos. A veces emitía una mínima exclamación y luego volvía a leer en el silencio del parque, del agua estancada. En un momento dejó de leer. Creo que me vio. Cerró el libro e hizo un amago de levantarse del banco e irse, pero no, permaneció allí, sentado y encorvado sobre sí mismo, en una posición de espera, con el libro cerrado en las manos, como si temiera que la luz de la tarde velara lo escrito o las palabras escapasen hacia las hojas de los árboles. Me pareció que continuaba leyendo aquel libro cerrado cuando me fui.
Leemos lo que ya hemos leído.

III : Una mujer joven lee una carta frente a la claridad de una ventana abierta. Vermeer nos muestra la luz que atraviesa el irregular cristal emplomado y se esparce por la habitación en penumbra. La mujer está inmersa en la lectura, tiene los labios separados, como si paladeara lo que lee, como si leyendo se oyese a sí misma.
Hay demasiada separación entre sus grandes ojos y las manos que sostienen con firmeza el arrugado papel. Advertimos en ello el germinar de una pasión que aún no exige cercanía, un cierto refreno, acaso las marchitas razones de la prudencia.
En primer plano, el pintor nos enseña diversas frutas (manzanas y melocotones) en una bandeja inclinada sobre un tapiz, tal vez una simbología, la voluptuosa mordedura del pecado original. A la derecha, una cortina o telón de un verde amarillento y sostenida por una barra transversal nos permite “ver” la escena, mostrar el cuadro. Todo revela atención y sugiere una soledad impuesta, pero a la vez un deseo de abrirse al desorden del mundo: la claridad fugitiva que entra por la ventana; la fruta y el tapiz descuidados; la secreta convulsión de quien a solas lee y tal vez se oye leer.
Llueve en Dresde. A la salida del museo donde se puede ver este bellísimo óleo de Vermeer otra mujer lee un plano de la ciudad, reduce con sus manos la rebeldía del desplegable y mueve los labios, una manera de confirmar lo leído. En el escaparate de una frutería cercana brillan unas manzanas rojas y los parabrisas de los coches van y vienen de un lado a otro. Más allá, la claridad repentina de un semáforo. Así la vida.
Leemos para atravesar las calles del tiempo.

3 Julio 2007

Poema sobre Job. Fernando Abascal

Archivado en: Abascal Fernando — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 17:50

La nieve es un ángel caído,
un ángel que ha perdido la paciencia.
Roberto Juarroz 

Si te asomas a un pozo, muy abajo verás una luz que alumbra como la nieve, son tus ojos en el agua, un diálogo de espejos.
No dejes que ese brillo inunde tu mirar, no escuches la música anegada del fondo y, cuando desde ese frío alguien te nombre, vuélvete ángel o llama, arde como una flor última, abre tus enramadas alas y vuela como un pájaro ciego entre las ruinas del aire.
En esa altura encendida, repara tu conciencia, mutila lo que pesa, lo que sabes.
Se abrirán entonces las piedras uncidas, la helada resina del mundo, los huesos del aire.
Y en esa desnudez enmudecida todo volverá a su no ser, la edad perfecta, una lumbre en la nieve.

5 Junio 2007

Escenas de lectura. Fernando Abascal

Archivado en: Abascal Fernando — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 17:35

I. Una biblioteca pública de Nueva York. La luz atraviesa los grandes ventanales, se posa sobre los libros, las mesas, el embarnizado suelo. Afuera, el pasar de los coches, la extraña e incansable circulación del mundo.
Una anciana lee. Permanece sentada con las rodillas muy juntas. Sostiene el libro con firmeza, pero pasa las páginas como si fueran frágiles cristales, con una articulada y oriental lentitud. Acerca los ojos a lo que lee. Yo la miro y su imagen se desvanece.
Leer es irse. 

II. Un monje ciego esparce un veneno mortal entre las páginas de un libro a su vez venenoso. Es Umberto Eco quien nos cuenta en “El nombre de la rosa” la doble perversión de ese monje: eliminar un libro potencialmente peligroso y, a la vez, aniquilar a quien lo lee. Ese monje encarna otros poderosos tósigos que controlan la lectura o el saber; vela para que no se transgredan los límites; vigila para que determinados libros, esos que han cambiado y cambian la conciencia del mundo, no nos despierten de nuestro “feliz” y “entretenido” letargo.
Leer y escribir para trans-formar, para con-mover.

III. Empaña con su aliento el cristal de la ventanilla. El tren silba al entrar en un túnel y se enciende la luz del vagón. Estoy sentado frente a ella. Se abre de nuevo el paisaje. La niña dibuja con su minúsculo dedo algo parecido a letras irreconocibles. Afuera llueve. Me fijo en esos trazos, ahora atravesados por estriadas gotas de lluvia.
Cuando escribo, empaño con mi aliento la página en blanco.

IV. Nietzsche en el prólogo de “Aurora” exigía a los que practican el “arte venerable” de la lectura el saber “volverse silenciosos y pausados”. Nuestra época, bulliciosa e hiperactiva, soporta mal el silencio y la lentitud. El filósofo desconfiaba de los lectores modernos.
Un caracol lee sobre la hoja de una berza.

V. Walter Benjamin, en un texto titulado “Experiencia y pobreza”, reflexiona sobre la abundancia de estímulos y la pobreza de experiencias que caracteriza nuestro mundo. Tenemos el conocimiento, pero como algo externo a nosotros, como un útil o una mercancía.
Cada vez sabemos más, pero no cambiamos con lo que sabemos.

VI. A los ochenta y dos años aprendió a leer. Aquel maestro le enseñó lo que ella siempre había querido. Leyó un libro, muy despacio, silabeando cada palabra, deteniéndose en cada frase, respirando en las comas, en los puntos. Cuando finalizó la lectura, entre satisfecha y triste, fue a ver al maestro y con voz quebrada le preguntó: ¿cuándo me va a enseñar a leer otro libro?
Nunca dejamos de aprender a leer.

28 Mayo 2007

Un poema de Fernando Abascal

Archivado en: Abascal Fernando — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 15:13

Cuando veas que la noche es un reino de pájaros y sobre las ruinas ya no quede fruto, llévame al mar, déjame ir a la deriva en sus aguas, seré un ave que las olas cubran, los buques cargados de tiempo no verán mis islas, no llegarán a puerto las naves de la batalla y, cuando la luna anuncie el sueño, sentado como el bañista, sereno, sólo pensaré en las cosas que el mar me arroje.

 

 

Del libro Costa Quebrada, Creática ediciones, Santander, 2006.

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