La Grúa de Piedra. Literatura y malas artes

16 Agosto 2008

Relatos de Eduardo Berti

Archivado en: Berti — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 19:25

En Sololiteratura se pueden encontrar textos y reseñas críticas de unos cuantos autores hispanoamericanos. De ahí saco esta selección de relatos del escritor argentino Eduardo Berti, uno de los autores actuales más interesantes. Que los disfrutéis.

 

 

Caso del reloj
En un pequeño pueblo de Guatemala hay un extraño reloj de arena. No mide ni medio metro de altura y ocupa el centro de una plaza colonial, presidida por una iglesia del siglo XVIII. La alcaldía ha contratado a cuatro hombres para que mantengan aseado el reloj -atracción principal en cien kilómetros a la redonda- y para que lo den vuelta sin tardanza toda vez que se haya agotado. Esto último no es simple dado que la arena nunca cae a igual velocidad por el cuello: en ocasiones se toma diez minutos, en otras demora hasta cuatro o cinco horas, sin que haya entre cada vaciarse ninguna clase de secuencia lógica. Sin embargo, si se observa con cuidado, se verá que los guardianes siempre acaban dando vuelta la clepsidra veinticuatro veces por día, ni una más ni una menos, como si cada período establecido por la arena equivaliera, para el reloj misterioso, a cada una de las horas que conforman un día.

 

La última mujer
Ella sentía tanto pudor que evitaba desvestirse en su presencia. Un pudor desmedido, observó él. Un pudor que ocultaba, se diría, algún misterio. Por fin le dio la espalda, se quitó la blusa y volteó enseñándole unos senos puntiagudos, aunque cruzando los brazos a la altura del abdomen. “¿Ves?”, le dijo sin mirarlo. “Ningún hombre vio antes esto”, y le mostró en consecuencia su asombroso cuerpo sin ombligo.
“Cuando nací -contó-, no hizo falta cortar el cordón umbilical. Tiraron de él y mi ombligo se arrancó, limpio y entero, del vientre. Mi padre me puso Eva, como la primera mujer que, al nacer de la costilla de Adán, también carecía de un ombligo. Mi madre se sobresaltó y, en un arranque de superstición, exclamó que si la primera mujer había nacido sin ombligo, ahora yo podía muy bien ser la última. Los médicos rieron de buena gana;aun así, hasta que en el ala contraria no nació la siguiente niña, una incertidumbre (no sé si exagerada) reinó en aquel hospital”.
El escuchó en silencio su relato y se rió de la misma forma que los médicos parteros. Luego recorrió con la lengua el vientre liso. Y la amó como si en efecto fuera la última mujer en la tierra.
Una voz distinta
Conocí a una mujer, la abuela de un amigo, que cada día se levantaba con una voz distinta. No se trataba de un desplazamiento gradual del timbre hacia un registro más grave, como suele ocurrirle a tanta gente, sino que cada mañana desde la oscuridad de su garganta parecía nacer una voz nueva, independiente de la voz anterior. Nada me asombró al frecuentarla como la coherencia de sus opiniones. A pesar de tan ancha variedad de voces, pocas personas he visto más consecuentes en materia de ideas.
El traductor apresurado
Un muy novato editor de París, que dirigía una colección que daba preponderancia a los libros clásicos (no por amor a las “obras inmortales”, sino porque los literatos muertos no pretenden cobrar regalías), dio a traducir la novela Vathek , de William Beckford, sin saber que el inglés la había escrito originariamente en francés y que la versión que él tomaba como el texto madre no era otra cosa que la traducción del reverendo Samuel Henley. El traductor que recibió el encargo -un afable especialista en letras góticas- nada dijo del error;muy al contrario, fijó sus honorarios y apareció a los diez días en la casa editorial con la labor cumplida, vale decir, con una copia fiel, letra por letra, del original francés de Beckford. El editor se quedó atónito. Ya le habían dicho que este traductor era muy eficiente, pero tal celeridad le resultaba inconcebible.
Transcurrieron dos meses y el especialista en letras góticas recibió un llamado del editor. “La traducción está bastante bien pero me he permitido introducir algunos cambios para nada relevantes”. Decidido estaba el traductor a confesarlo todo, a aclarar el malentendido, cuando escuchó que el otro le recomendaba: “No se apresure tanto la próxima vez. Es innecesario y se nota”.
Por aproximación
Antes de cruzarme con algún conocido al que no he visto por años, los días previos empiezo a encontrarlo por aproximación. Esto significa que dos días antes me cruzo por azar con un extraño que me recuerda vagamente a este conocido, y horas más tarde, o un día después, vuelvo a cruzarme con otro extraño todavía más parecido a este amigo que anuncia así su reaparición. En ocasiones la aproximación es breve:una o dos caras similares y por fin el sujeto original. Pero en otras oportunidades la cadena se prolonga a tal punto que los eslabones finales, me refiero a los últimos transeúntes desconocidos, en la práctica resultan casi idénticos a aquel querido amigo. Varias veces he llegado a saludarme con uno de estos sosías. Otras he inferido que en verdad se trata de quien pienso, sólo que ya me ha olvidado o finge no reconocerme.
Caso del director
En Holanda, un director de cine fue inculpado de asesinar a ocho actores que, en los años precedentes, habían trabajado bajo su tutela. El motivo de los crímenes, según la policía de Amsterdam, es que el cineasta nunca pudo sobrellevar el hecho de que sus actores interviniesen en películas de otros. En un reportaje de hace ya dos décadas, el director se había manifestado en contra del star system . “Los actores de cine, excepto aquellos pocos que realmente saben caracterizarse, no deberían interpretar más que un personaje en la vida”, dice aquella entrevista que fue de preciosa ayuda a la hora de las pesquisas.
Las manos al revés
Aseguran que a mediados del siglo XIX hubo en Irlanda un delicioso pianista que interpretaba de memoria y con enorme maestría el repertorio completo de Bach, aunque de un modo más que inusitado: cruzando sin cesar las manos, invirtiéndolas, tocando lo dispuesto para la izquierda con la mano derecha y viceversa. Ha sobrevivido el testimonio escrito de un pastor que alcanzó a verlo en escena, ya muy anciano: “¿Cómo puede brotar música tan dulce de este cuerpo que lucha por no anudarse, de estas manos que ignoro por qué razón insondable el Señor quiso poner al revés?”
Noticias antes de tiempo
Un influyente matutino de Bruselas publicó, a lo largo de tres meses y a ritmo de una por día, una serie de breves informaciones de índole local -siempre arrinconadas en la página ocho-, que al momento de la salida del diario aún no habían ocurrido pero que se cumplían inexorablemente a las seis de la tarde, para salir a la mañana siguiente en los otros periódicos de Bélgica. El fenómeno fue detectado por un ex maestro de escuela que presentó una demanda acusando al director del matutino de “promover hechos desgraciados y/o delictuosos”. Para que estas noticias se realizasen había sido necesario -alegaba el demandante- que alguien allegado a la redacción cometiera el incendio, el secuestro, el robo o el crimen allí profetizados. Nada pudo probarse en tribunales. el director se negó con terquedad a revelar cómo obtenía dichas “primicias”, amparándose en la “confidencialidad de sus fuentes”. El juez fijó, no obstante, una multa abultada contra el matutino por haber divulgado “noticias antes de tiempo”.
La repetición
Mi existencia es muy curiosa: todo hecho vuelve a sucederme, no importa su relevancia. Condenado a la repetición, espero otra vez los buenos momentos y temo el retorno de aquellas desgracias que he debido soportar. De mi vida, existe un solo hecho que no se ha repetido:mi nacimiento;aunque me parecer recordar otro parto y otro vientre que no es el de mi madre. Pocas veces aguardé en vano que un episodio volviera a ocurrirme. En tales casos, si algo no consigue repetirse, de inmediato descubro mi obtusa confusión: aquel acontecimiento que yo suponía primero renueva, en verdad, algún hecho olvidado. Este texto, por ejemplo, a veces pienso que volveré a escribirlo, otras veces creo que es la copia de otro.
Una criatura del pasado
El bisabuelo de mi amiga T., al cumplir los noventa y cinco años, empezó a hablar únicamente en pretérito. Decía “fui al baño”, se incorporaba e iba. Decía “me fui a dormir”, se incorporaba e iba derecho a la cama. El anciano, afirma mi amiga, había cobrado entera conciencia de que no era sino “una criatura perteneciente al pasado”.
Alguien igual
De nacer alguien igual a mí, le ocultaría mi existencia y mi experiencia. Sacaría provecho de la circunstancia de saber sólo yo su identidad, para que mi vida reiniciada en él por fin echase luz sobre mis actos.
Una máquina curiosa
En un film polaco de hace algunos años, el protagonista oye hablar de una máquina fantástica que, con sólo examinar una fotografía, determina si los individuos allí retratados están hoy vivos o muertos. Como la realidad imita al arte, un matrimonio de científicos suizos ha anunciado la invención de un artefacto de propiedades análogas: una máquina copiadora de fotos que, según cómo se emplea, aparta lo que ya no existe de lo presente. Así, de una foto tomada hace treinta años y en la que se ve un grupo de seis personas, el aparato proporciona dos fotos diferentes:una con quienes aún permanecen vivos, otra con los que están muertos. En ambos casos los ausentes han sido reemplazados por más paisaje de fondo, como si una grúa infalible los hubiese arrancado sin dejar rastros. Resultado de esta máquina curiosa, los muertos pueden congregarse sin perder la juventud mientras los vivos quedan abrazando por la espalda un espacio vacío:el aire que antes ocupaba un ser humano.
Un artista y su falsario
Un famoso pintor italiano consiguió el teléfono del falsificador que, a su entender, lo imitaba con más talento y le propuso montar una exposición a dúo, denominada Un artista y su falsario . “Por esta vez”, escuchó el imitador, “queda usted libre de copiar al dedillo y debe, en cambio, inventar cuadros que a los ojos del público sean dignos de confrontación con los genuinos”.
Temeroso de que la conversación fuera una trampa, que estuviera registrándose para ser empleada en su perjuicio, el falsario empezó por alegar que él jamás había copiado a nadie;pero tanto le atraía la perspectiva de codearse con un maestro, tanto le entusiasmaba poder crear con libertad, que al cabo de una consulta con su abogado aceptó el audaz convite, a condición de que sus cuadros no llevasen firma alguna porque -al decir del letrado- “cualquiera de las dos firmas posibles constituiría una suerte de admisión del delito”. El pintor italiano aprobó al instante esta cláusula, hizo una oferta económica imposible de rechazar y le encargó once cuadros que correspondieran a su “etapa azul” o, si se prefiere, al estilo cultivado entre 1990 y 1996.
Cuando llegaron las once obras apócrifas, el pintor ya había terminado las once originales y descubrió con sorpresa que un cuadro del imitador era muy similar a una de sus obras. De cara a la exposición, el parecido no constituía un problema;por el contrario, el pintor hallaba en él un atractivo. Lo que en realidad lo alarmaba era la superioridad del cuadro espurio, a tal extremo que hasta parecía resolver con total autoridad los problemas que anunciaba, timorato, el original.
A la semana de inaugurada la muestra, el corresponsable anónimo concurrió a la galería. Lo hizo de incógnito, por consejo de su prudente abogado, y a punto estuvo de soltar un grito cuando vio, entre las once telas a la derecha (“los cuadros del falsario”, rezaba un cartel), una que no era suya, y recíprocamente, entre las obras a la izquierda, aquella que suponía su mejor creación, coronada con la firma ostentosa del italiano.
Caso del niño y el mago
La policía de Montecarlo busca desde la semana pasada a un niño de cinco años, desaparecido en la fiesta de su propio cumpleaños. El mago que animaba la velada no pudo concluir su truco más famoso, que consiste en introducir a la gente en una jaula hermética para volverla invisible, porque falleció en pleno acto, culpa de un paro cardíaco. La joven que asistía al mago se declaró incompetente cuando la concurrencia, muy alarmada luego de comprobar que la jaula seguía vacía, le exigió la devolución pronta del niño.
Los sueños de mi hermano
Parece mentira, lo sé, pero hubo un tiempo en que mi hermano soñaba exactamente lo mismo que había vivido de día. Era como si alguien filmase su actividad diurna para proyectársela en las noches, inalterable, minuciosamente igual, hasta el detalle más nimio. En suma, mi hermano vivía cada jornada dos veces:una siendo el protagonista a conciencia y otra, por así decirlo, como espectador durmiente.
“Mis sueños son ecos perfectos”, sostenía desconsolado. “Ecos que premian o castigan mis actos del día”. Yo no podía coincidir con esta idea pero entendía, sin esfuerzo, su sentir: toda vez que mi hermano había tenido un día satisfactorio, se alegraba porque le esperaba un grato sueño;toda vez que había tenido un mal día, rezongaba: “Lo peor es que me toca revivirlo”. A tal extremo esto era así que, después de una de esas “jornadas negras” que cualquiera desearía desterrar de su memoria, mi hermano resolvió pasar la noche en vela; pero de nada le sirvió el ardid porque al caer dormido a la noche siguiente soñó con los dos días consecutivos, incluido el intervalo del insomnio.
Alarmado por este mal, harto de no poder servirse de las noches para olvidarse de su existencia cotidiana, mi hermano consultó a psicólogos y médicos. Hasta corrimos a ver a una mentalista llegada de Nepal, quien nos contó que había tratado tiempo atrás un caso similar:el de cierta mujer obesa que irremediablemente soñaba con los días por venir.
Nadie aún puede explicarse cómo ni por qué, luego de muchos tratamientos inservibles, mi hermano comenzó a sanar solo en cuestión de pocos meses. Me atrevo a describir ese proceso como una “liberación gradual”:por más que los actos del día seguían siendo el eje central de sus sueños, él se apartaba noche a noche un poco más de lo verídico. Primero alteraba minúsculos detalles;más adelante fue intercalando, entre los hechos reales, otros que eran lejanos o inexistentes.
Cinco semanas pasaron hasta que llegó su primer “sueño autónomo”, que no guardaba ni la menor relación con lo vivido en la jornada precedente. Recién allí, entre gestos victoriosos, mi hermano se dio por curado. Pero a partir de la mañana siguiente ya no pudo relatarnos ningún sueño;amanecía ahora con la memoria en blanco;murmuraba que los sueños se escurrían entre sus dedos. Pronto lo oímos sentenciar: “Tanto alenté su autonomía y ahora, qué recompensa irónica, he acabado por perderlos”.

6 Diciembre 2007

Las palabras contadas. Eduardo Berti

Archivado en: Berti — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 6:54

A fin del año pasado, la revista Wired les pidió a treinta escritores norteamericanos que escribieran un cuento de seis palabras, en homenaje al cuento de Hemingway que ostenta el trono como el más breve del mundo. El resultado, además de extraordinario, confirmó una vez más lo que ya se sabía: la ciencia-ficción calza como un guante a la microficción.
Sin embargo, el cuento de Hemingway, rotundamente realista, tiene algo que los demás no. Sepa qué.

Hace pocos meses (en noviembre de 2006) la revista Wired convocó a una treintena de escritores norteamericanos, en su mayoría de ciencia-ficción, y les pidió que escribiesen un cuento de apenas seis palabras, tomando como ejemplo un micro-relato de Ernest Hemingway cuyo texto completo dice en inglés: “For sale: baby shoes, never worn” y que, según parece, el autor de “Los asesinos” tenía por una de sus obras maestras. 

La respuesta fue entusiasta y todos cumplieron la premisa, salvo el desobediente Arthur C. Clarke que escribió un larguísimo cuento de diez palabras. Algunos entregaron más de un texto, como Margaret Atwood. Abundaron los cuentos de tinte político (alusiones directas a Bush y a Irak), y hasta hubo perlas: Steven Meretzky propuso “Muy confundido, leyó su propio obituario” (He read his obituary with confusion); Bruce Sterling escribió “Era muy caro seguir siendo humano” (It cost too much staying human) y Ben Bova puso “Salvó al mundo volviendo a morir” (To save humankind he died again), los que podrían ser, además, brillantes inicios de novela. En cuanto a Atwood, empleando una audaz elipsis jugó con la lógica secreta que vincula dos hechos o noticias: “Hallan cadáver incompleto. Médico compra yate” (Corpse parts missing. Doctor buys yatch). Traducida al castellano, la miniatura de Hemingway podría quedar –propongo– como “Vendo zapatos de bebé, sin usar”. De esta forma se mantienen las seis palabras del original: se gana una al resumir “for sale” con “vendo”; se suma una palabra a causa de la preposición “de”, obligatoria en castellano: “baby’s shoes” / “zapatos de bebé”.

Ni la revista Wired ni los especialistas en la obra de Hemingway se ponen muy de acuerdo sobre cuándo y dónde fue publicado este cuento mínimo, precursor de lo que los norteamericanos apodan “super-short stories” o “microfiction”. Algunos sugieren que todo no pasó de un texto “escrito en voz alta” por Hemingway en medio de una entrevista. Otros apuntan a alguna carta o algún cuaderno de trabajo.

En sus cuentos más ortodoxos, Hemingway ya había dado muestra de su capacidad sintética y de su economía expresiva. Su “A Very Short Story”, para muchos una versión reducida y avant la lettre de Adiós a las armas, tiene tan sólo 767 palabras en inglés pero, pese al título, no es su relato más corto: “A Banal Story” tiene 634, y el más breve de sus cuentos, exceptuando los intertextos de In Our Time (1925), acaso sea “The Revolutionist”, que no llega a las 500 palabras.

A decir verdad, tanto “A Very Short Story” como “The Revolutionist” fueron publicados como “viñetas” en la primera edición de In Our Time y luego convertidos en cuentos. El armado de este libro fue bastante inusual, ya que entre los cuentos Hemingway intercaló unos textos muy escuetos, de unas 100 palabras. En su ensayo consagrado a In Our Time, Jim Barloon afirma que mediante esta alternancia de cuentos y viñetas Hemingway consiguió reflejar el horror absurdo de la guerra y el desorden del mundo en los albores del siglo XX.

Hemingway, se sabe, definió su estilo con la teoría del iceberg, tal como la expresó en una entrevista con George Plimpton: “Hay nueve décimos del témpano bajo el agua por cada parte que se ve de él. Uno puede eliminar cualquier cosa que sepa y eso sólo fortalecerá el iceberg”. Dicho de otra manera, se trata de elegir lo imprescindible para mostrarlo de forma sintética, aludiendo a algo escondido y, por lo común, de más peso.

Un buen ejemplo de cómo trabaja Hemingway es “Hills Like White Elephants” (“Colinas como elefantes blancos”), cuya intriga se resume a un diálogo entre dos personajes acerca de una operación médica, nunca explicitada. El lector deduce, o no, que la chica está embarazada y que el hombre la presiona para que el bebé no nazca. La palabra clave (aborto) jamás es puesta en boca de los personajes ni tampoco mencionada por el narrador.

Mario Vargas Llosa se refirió detenidamente a las omisiones de Hemingway en un ensayo titulado El dato escondido: “No sería exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha”.

“Vendo zapatos de bebé, sin usar” es, en este sentido, digno de Hemingway. Lo omitido (¿otro aborto?) queda resonando en la mente del lector. No estamos ante una novela, o ante un cuento tradicional, donde una lectura gradual nos irá respondiendo los interrogantes: ¿Quién vende los zapatos? ¿Por qué los vende? ¿Por qué están sin uso? ¿Ha ocurrido algo con el bebé? ¿Qué ha ocurrido?

Por lo común una trama bien construida (una trama “lógica”) obedece a una serie de preguntas que se interconectan de modo eficaz. En muchas de estas tramas, el autor esclarece primero el “qué” y el “por qué”, y deja el “quién” para el final; entonces podríamos decir que estamos en el terreno del “enigma” o de lo que los ingleses llaman el “whodunit” (quién lo hizo). Otras tramas esclarecen primero el “quién” y el “por qué”, dejando para el final el “qué”. Es la conexión entre las preguntas lo que constituye, justamente, la trama: quien vende los zapatos, los vende porque están sin usar. Si están sin usar, con certeza esto implica algo acerca del bebé. Y así sucesivamente.

En el minicuento de seis palabras adjudicado a Hemingway nos hallamos ante un hecho presente (el aviso que “ocupa” todo el relato) pero asimismo ante un hecho pasado que obra de dato escondido. Estamos a un paso de la tan citada “Tesis del cuento” de Ricardo Piglia. “Un cuento siempre cuenta dos historias”, concluye Piglia, para quien todo cuento es un relato que encierra un relato secreto.

En esencia, lo que hace el minicuento de seis palabras que, erróneamente o no, se adjudica a Hemingway no es tan distinto de lo que Piglia observa en “El gran río de los dos corazones”, otro de los relatos fundamentales de Hemingway. En su superficie, el texto parece la descripción trivial de una excursión de pesca, pero detrás está la segunda historia: los efectos de la guerra en Nick Adams.

En “Vendo zapatos de bebé, sin usar”, lo mismo que en buena parte de la llamada microficción, los procedimientos que hemos mencionado (la omisión deliberada, la teoría del iceberg, la tesis de los dos relatos simultáneos) son llevados a un extremo. Todo está, en este caso, “fuera” del texto. O “fuera de campo”, como dicen los directores de cine cuando la acción no es registrada por la cámara.

El de Hemingway, como la mayoría de los microrrelatos, obliga a que el lector abandone cualquier postura pasiva. Lo pone a trabajar o, al menos, lo invita a hacerlo. Si el espacio para las respuestas no está en el cuento, sólo puede estar en otro lugar: en la cabeza de un lector “activo”.

Esto nos lleva a una de las paradojas más interesantes del microcuento: se presenta a menudo como de “fácil” lectura, por su extensión, por su a menudo engañosa claridad o concisión; pero exige mucho más de lo que deja entrever a primera vista, sobre todo en el caso de los buenos microcuentos que exceden la mera anécdota y dicen más, o mucho más, de lo que insinúan en una primera aproximación.

Hasta la canonización o (siendo menos tajantes) la popularización del cuento adjudicado a Hemingway, dos textos se repartían el privilegio de ser considerados como “el cuento más breve del mundo”. Uno tiene 7 palabras, el otro 16. Es decir que Hemingway les ganó a ambos en brevedad.

Aunque parezca imposible, circulan en libros y en antologías cuentos todavía más breves. Luisa Valenzuela escribió uno de apenas dos palabras (“Que bueno”, así, sin acentos ni signos de exclamación) aunque se apoyó en un título provocadoramente extenso (“El sabor de una medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde a los 97 años Rodolfo Mondolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles por la tarde”); Aloé Azid ha postulado un cuento de una sola palabra (“Yo”) y cuyo título es Autobiografía, pero la cosa no excede de una broma muy ingeniosa, ya que en su caso no se puede hablar de “acción” ni de relato.

Cierto consenso ha establecido que entre nosotros, lectores de lengua española (e incluso entre el lectorado europeo, un poco a la sombra de Italo Calvino), el cetro de “cuento más breve” recayese en “El dinosaurio” del guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”.

En la tradición de la “microfiction” norteamericana, por su parte, por años se ha estimado que “el cuento más breve del mundo” era un celebrado texto de Fredric Brown: “The last man on Earth sat in a room. There was a knock on the door”. (El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta.), en verdad una reescritura de “Mensaje” de Thomas Bailey Aldrich (“Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta”), incluido en la famosa Antología de la Literatura Fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, y adjudicado a Borges por algunos estudiosos de la obra de Bailey Aldrich.

Durante décadas se ha afirmado que la microficción en castellano (Arreola, Denevi, Piñera, Valadés, etc.) lograba textos más breves que la llamada “sudden fiction” o “flash fiction” norteamericana. Aunque esto ha dejado de ser tan así en los últimos tiempos, es cierto que las antologías norteamericanas consagradas al “cuento hiperbeve” incluyen textos de hasta 750 palabras, cuando en castellano el límite suele rondar las 300 o, como máximo, 500 palabras.

Lo peculiar del minicuento adjudicado a Hemingway no es tanto que haya desafiado esta idea establecida (y que el “cuento más breve del mundo” sea ahora norteamericano, ya no latinoamericano), como que, a diferencia del de Monterroso y el de Fredric Brown, estemos en presencia de un texto no fantástico, sino más bien realista. El dato no es menor porque, usualmente, suele repetirse que el formato hiperbreve les sienta mejor a los textos fantásticos o, al menos, de índole extraordinaria: casos muy curiosos, hechos sorprendentes.

Irving Howe, especialista en “microfiction” escribió que “los escritores que hacen cuentos breves tienen que ser especialmente audaces” porque “apuestan todo a un golpe de inventiva”. La argentina Ana María Shua, una de las mejores cultoras del microcuento en la actualidad, ha dicho que “las minificciones tienden en su mayor parte al género fantástico, en parte porque se les exige provocar algún tipo de sorpresa estética, temática o de contenido, ya que el sutil desarrollo de climas o personajes es casi imposible”.

Ambos tienen razón si se piensa en la microficción en su conjunto. Lo más extraordinario del cuento de Hemingway (si realmente es de Hemingway) acaso no sea, por lo tanto, su cortísima extensión sino el hecho de que consiguió instalarse en lo alto del podio de la brevedad encarnando, en cierto aspecto, una excepción a dos reglas.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3755-2007-04-15.html

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