4 Marzo 2008
Cambio de nombre. Antonio Casares
8 Noviembre 2007
La esfinge. Antonio Casares
igual que si la casa fuera un templo
para adorar a Isis, o a Artemisa,
el gato se acicala. Yo contemplo
su imagen enigmática de esfinge
en la que Edipo vio signos fatales.
Fingiendo que no finge, el gato finge
el oro de sus ojos ojivales.
Lo miro y él me mira indiferente
desde la cima de su monacato,
como un antiguo dios de un templo griego.
Quién sabe lo que piensa o lo que siente,
si es un gato o es un garabato,
si en sus ojos de fuego nació el fuego.
15 Octubre 2007
Hölderlin fuma junto al Neckar. Antonio Casares
“En amable azul florece…”
(HÖLDERLIN)
Una sombra desciende lentamente
por las desvencijadas escaleras
herrumbrosas que llevan hacia el río.
Sobre la piedra, el eco mortecino
-ramas quebradas, rumor de hojarasca-
de unos pasos que vuelven al silencio.
La luz pura de mayo se desmaya
con dulzura sobre todas las cosas,
como si fuera un vino transparente
que invita a la embriaguez de los sentidos,
despojándolas de sus velos sutiles,
desnudándolas de toda apariencia,
apareciendo tal y como son
ante la mirada del soñador.
El cielo es un mar de lapislázuli
del que las nubes han huído, un cielo
iluminado por un sol azul,
un cielo que soñáramos de seda
o la primera página de un libro
que nadie escribirá ni nadie ha escrito,
pues nadie puede hablar de lo inefable
sin caer en una contradicción.
Cantan todos los pájaros del mundo
en la floresta rumorosa del bosque
como si saludaran a la sombra
que se detiene junto al agua clara,
incesante tejedora de espumas,
fabuladora de inefables mitos
y remotas leyendas olvidadas.
Los sauces se inclinan con desgana
y fingida indolencia hacia el río
que se aleja entre las ramas trémulas
cantando siempre la misma canción,
repitiendo siempre el mismo poema.
Bella es la soledad apacible
para el espíritu atormentado
del poeta que, absorto, ensimismado,
se sienta en una piedra y percibe
la armonía de su alma y la del mundo.
Con parsimonia y ademán solemne,
ritualmente, enciende su pipa,
ve las volutas y los arabescos
que forma el humo al desvanecerse
en el aire tranquilo y traslúcido,
ve las brasas que deja el tabaco,
como un sol diminuto de carbunclo,
y evoca el mito de Empédocles
sobrecogido ante el fuego del Etna,
y gracias a esa hermosa analogía
entre el héroe y su trágico destino
se sueña libre en medio del paisaje,
lejos de la vanidad de los hombres
que lo han encerrado, como a un réprobo,
entre las paredes de una torre
a la orilla del río Neckar.
Sabe que lo acusan de estar loco,
sabe que confunden lucidez y demencia,
sabe que nadie comprende al poeta,
sabe lo que acaso todos ignoran:
que por unos instantes será un dios
en el templo de la naturaleza.
¿Quién romperá ese hechizo momentáneo,
ese estar en la Tierra poéticamente
que él convierte en la meta del hombre?
Consciente de que la vida es efímera,
y de que la única eternidad posible
reside en el goce del presente,
fuma su pipa con placer, se asombra
del hecho de existir, de estar, de ser
esa vaga imagen que se llevan
las aguas musicales del río,
y allí se queda inmóvil, fascinado
por el rumor doliente de las aguas
que son quizá un espejo de la vida,
y gracias al tabaco y su embeleso
se siente menos solo: no está solo.
¿Se puede sentir solo quien se siente,
en ese instante eterno, irrepetible,
en comunión con todo lo que existe,
con todo lo visible y lo invisible,
el más afortunado de los seres?


