La Grúa de Piedra. Literatura y malas artes

3 Noviembre 2008

Todo fluye. Vasili Grossman

Archivado en: Grossman — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 12:38

 

Combate enigmático. Arshile Gorky

Combate enigmático. Arshile Gorky

 

 

Ya le dediqué una entrada hace tiempo a Vida y destino, la gran novela de Vasili Grossman. La entrada iba acompañada por un vídeo que me encanta, así que os recomiendo que empleéis unos pocos minutos en verlo. Ahora estoy leyendo Todo fluye, la segunda novela de Grosman (Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores) y ni que decir tiene que también os la recomiendo. Se desarrolla en los años posteriores a la muerte de Stalin y es una crítica implacable del mundo totalitario.

Ese mundo, por cierto, suele estar pavimentado de buenas intenciones, como el camino del infierno. Así que ahora que los editorialistas de Le Monde y El País y los de la derecha más rancia y beata (¿por qué coincidirán siempre en eso?) vuelven a dar la matraca con lo de la crisis del capitalismo, no he podido resistir las tentación de copiar unas líneas de la novela. En ellas habla un personaje salido de un campo de concentración:

Antes creía que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia. Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres. La libertad es el derecho a sembrar lo que uno quiera, a confeccionar zapatos y abrigos, a hacer pan con el grano que uno ha sembrado, y a venderlo o no venderlo, lo que uno quiera. Y tanto si uno es cerrajero como fundidor de acero o artista, la libertad es el derecho a vivir y trabajar como uno prefiera y no como le ordenen. Pero no hay libertad ni para los que escriben libros ni para los que cultivan el grano o hacen zapatos.

Y me atrevo a apostillar: cuando no hay libertad para los que cultivan el grano o hacen zapatos tampoco la hay para los que escriben libros.

7 Noviembre 2007

Vida y destino. Vasili Grossman.

Archivado en: Grossman — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 19:01

Estoy leyendo “Vida y destino”, de Vasili Grosman (Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores). Es una novela GENIAL, sencillamente. Se desarrolla en Rusia, en la Segunda Guerra Mundial. Grosmann fue corresponsal de guerra y en parte volcó en la narración sus propios recuerdos, pero hay mucho más que eso. Se la ha comparado con Guerra y paz, yo no sé si llegaría a tanto pero sí que os la recomiendo vivamente.
Y curioseando por la red he encontrado un vídeo que refleja la sociedad y el ambiente de la novela, de forma que parece “talmente hecho para el caso”, como dijo hace muchos años un campurriano la primera vez que vio una plaza de toros.
Así que os copio el principio de la novela y el vídeo.

La niebla cubría la tierra. La luz de los faros de los automóviles reverberaba sobre la línea de alta tensión que bordeaba la carretera. No había llovido, pero al amanecer la humedad había calado en la tierra y, cuando el semáforo indicó prohibido, una vaga mancha rojiza apareció sobre el asfalto mojado.

El aliento del campo de concentración se percibía a muchos kilómetros de distancia: los cables del tendido eléctrico, las carreteras, las vías férreas, todo confluía en dirección a él, cada vez con mayor densidad. Era un espacio repleto de líneas rectas; un espacio de rectángulos y paralelogramos que resquebrajaba el cielo otoñal, la tierra, la niebla.

Unas sirenas lejanas lanzaron un aullido suave y prolongado. La carretera discurría junto a la vía, y una columna de camiones cargados de sacos de cemento circuló durante un rato casi a la misma velocidad que el interminable tren de mercancías. Los chóferes de los camiones, enfundados en sus capotes militares, no miraban los vagones que corrían a su lado, ni las caras borrosas y pálidas que viajaban en su interior.


De la niebla emergió el recinto del campo: filas de alambradas tendidas entre postes de hormigón armado. Los barracones alineados formaban calles largas y rectilíneas. Aquella uniformidad expresaba el carácter inhumano del campo. Entre millones de isbas rusas no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales. Todo lo que vive es irrepetible. Es inconcebible que dos seres humanos, dos arbustos de rosas silvestres sean idénticos… La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias y las particularidades por la vía de la violencia.

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