Ya le dediqué una entrada hace tiempo a Vida y destino, la gran novela de Vasili Grossman. La entrada iba acompañada por un vídeo que me encanta, así que os recomiendo que empleéis unos pocos minutos en verlo. Ahora estoy leyendo Todo fluye, la segunda novela de Grosman (Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores) y ni que decir tiene que también os la recomiendo. Se desarrolla en los años posteriores a la muerte de Stalin y es una crítica implacable del mundo totalitario.
Ese mundo, por cierto, suele estar pavimentado de buenas intenciones, como el camino del infierno. Así que ahora que los editorialistas de Le Monde y El País y los de la derecha más rancia y beata (¿por qué coincidirán siempre en eso?) vuelven a dar la matraca con lo de la crisis del capitalismo, no he podido resistir las tentación de copiar unas líneas de la novela. En ellas habla un personaje salido de un campo de concentración:
Antes creía que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia. Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres. La libertad es el derecho a sembrar lo que uno quiera, a confeccionar zapatos y abrigos, a hacer pan con el grano que uno ha sembrado, y a venderlo o no venderlo, lo que uno quiera. Y tanto si uno es cerrajero como fundidor de acero o artista, la libertad es el derecho a vivir y trabajar como uno prefiera y no como le ordenen. Pero no hay libertad ni para los que escriben libros ni para los que cultivan el grano o hacen zapatos.
Y me atrevo a apostillar: cuando no hay libertad para los que cultivan el grano o hacen zapatos tampoco la hay para los que escriben libros.