La Grúa de Piedra. Literatura y malas artes

6 Septiembre 2007

Guitarristas. Ángeles Prieto

Archivado en: Prieto Barba — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 19:58

Son los hombres, no las mujeres, ¡nunca las mujeres!, quienes se asemejan a las guitarras: ese mástil, ¡oh, el mástil!, apuntando enhiesto a todo lo que se mueve, o casi se mueve, esas prestas cuerdas tensas, vibrantes al menor contacto, ¡oh, el tacto!, esa caja de resonancia o autobombo, siempre grande y ostentosa, ¡estentórea! y esas piezas rectoras, simples clavijas rígidas, encoladas de egoísmo. 

Fariseos de las cuerdas, habéis sido descubiertos. Lentas crepitan en mí tristes guitarras murientes, lleno de arreboles el cielo nublado.

21 Agosto 2007

Mi abuela. Ángeles Prieto Barba

Archivado en: Prieto Barba — Etiquetas: — Miguel Ibáñez @ 8:32

Mi querida abuela fue en su día, allá por los años veinte, una joven inteligente, de grandes ojos, hermoso y largo pelo castaño y falda corta de tanguista, pero también de verbo raudo, atinado y vivaz: una de esas atronadoras, pesadas y lenguaraces que desconciertan y aturden a los hombres y que sólo por esa causa, son precisamente las más evitadas. Asunto triste que consideró una desgracia, su forma de ser, aunque yo admiré ese estilo astuto que tenía de alejar, con ello, a los más estúpidos, pues siempre es muy conveniente evitar perder el tiempo con éstos. Ella andaba, por aquellas fechas, tenazmente enamorada de uno que se decía poeta y que, por aquellos tejemanejes del destino, vivía en su misma calle, sin mayores esperanzas ni ilusiones de ser correspondida, dado que el aedo nunca le había dedicado requiebros. Y estaba muy ofendida por tamaña ofensa, jurando venganza en cuanto tuviera ocasión. ¡Y vaya si la tuvo!.
Un amanecer, estando ella vigilante en su ventana del regreso de aquel distante objeto de sus pensamientos, volvió el poeta vacilante, bien regado con vino y dando tumbos. Como suele ocurrir cuando se tienen los riñones llenos, teniendo cerca su hogar, el aprendiz de Homero no pudo aguantar más de resultas de los excesos, observó que no había nadie y allí mismo, en una esquina, a falta de árbol acogedor, regó con placer y alivio la calle. Pero mi abuela no pudo contenerse y desde luego, no se aguantó:
-¡Vaya, ha vuelto el sublime Antonio, qué gran honor, puesto que nos está honrando con su poesía!..
Y el bardo vivaz, bien avisado de la debilidad de mi abuela por él, ni siquiera se alzó el calzón y sin arredrarse lo más mínimo, le contestó:
-¿Cómo puedo componer, bella dama, hermosas rimas: ¡Si tengo la pluma en la mano, y el tintero está allá arriba!.
Ni que decir tiene que mi abuela solventó tan minúsculo inconveniente lo más rauda que pudo. Ni tampoco… que el ingenioso y agnóstico poeta acabó sus días revolucionarios en un altar, por culpa de ella.
Consejo de mi abuela: Enamorarse no es nunca muestra de estupidez, sólo instinto de supervivencia.

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