La Grúa de Piedra. Literatura y malas artes

10 Julio 2007

El pintor y la modelo. Sabas Llorente

Archivado en: Literatura, Sabas Llorente — Miguel Ibáñez @ 19:20

Había acudido con todos los compañeros de curso a visitar la exposición antológica que el ayuntamiento había organizado como homenaje al importante pintor local. La muestra era todo un acontecimiento cultural porque suponía el reconocimiento por parte de la ciudad a uno de sus hijos más ilustres, un artista que había realizado prácticamente toda su trayectoria creativa en París, donde residía, salvo pequeños paréntesis en su tierra.
El escéptico tropel de bachilleres entró en el museo más con la alegría de una excursión festiva que con la actitud ante una lección académica. A duras penas se dejó oír el profesor de arte ante los murmullos y sonrisas irónicas de los alumnos. Había cometido la imprudencia de reunir a los discentes a su alrededor para darles las primeras explicaciones sobre el artista justo al lado de un gran cuadro representativo de su última etapa que estaba en el vestíbulo del museo. La armonía de colores, el ritmo de las líneas que se entrecruzaban, los chorreados y goteados expresionistas que se yuxtaponían provocaban la hilaridad de los jóvenes. Hechas finalmente las consideraciones iniciales, comenzaron el recorrido.
El profesor iba delante deteniéndose ante los cuadros que consideraba más relevantes y el grupo le seguía. Como la exposición estaba ordenada cronológicamente, las primeras obras representaban su etapa académica. En ella aparecían retratos y paisajes que correspondían a una figuración que luego sería abandonada para entregarse de lleno al más rabioso informalismo.
La belleza de los rostros, la melancolía que expresaban los desnudos femeninos ante el espejo, prendió en los sorprendidos alumnos más allá de la apreciación de las características técnicas de su ejecución, del trazado de las líneas, de la extensión del color o de la composición. ¿Cómo era posible que el pintor que hizo aquel cuadro de la entrada de manchas y gruesos brochazos hiciera esas figuras tan delicadas, de tanta sensibilidad?, se preguntaban.
Ella caminaba un tanto rezagada para mirar más detenidamente cada cuadro a la vez que escuchaba las explicaciones del profesor. Siempre había tenido un gran interés por el arte pero en su ciudad, una pequeña ciudad de provincias, las exposiciones no eran muy frecuentes precisamente. Había oído hablar muy vagamente del pintor cuya exposición estaba visitando y siempre tuvo curiosidad por conocer su obra. Ahora la estaba contemplando y le gustaba.
Se detuvo especialmente ante un cuadro que sin saber muy bien por qué le gustó más. En él aparecía una joven con una melena lacia sobre los hombros. Estaba sentada en un sillón junto a una lámpara de pie leyendo un libro y el pintor la ha sorprendido en un momento en el que, el libro en el regazo, tiene la mirada perdida en un lugar indefinido, la cabeza levemente levantada, el codo apoyado en un brazo del sillón y la mano extendida en la cara. Un gesto familiar, una dulzura conocida parecía apercibir en el cuadro.
Se le acercó una compañera desde el grupo reclamándola. Al verla ensimismada ante el lienzo se quedó callada un momento. Luego le dijo: “Se parece a ti. Así te quedas cuando estás abstraída”.
El resto del recorrido lo hizo confundida con sus compañeros. Estos, después, de la sorpresa ante el academicismo de los primeros cuadros, habían recuperado las risas burlonas frente a las abstracciones que no entendían ni les gustaban, en medio de la impotencia del profesor por hacerles entender la trayectoria del pintor. De esta manera acabó la visita al museo.
Cuando llegó a casa, le contó a su madre brevemente la visita a la exposición. Al final del comentario, como si se tratase de una anécdota sin importancia, le dijo que había un cuadro en el que aparecía una joven que según una compañera se parecía a ella. Su madre no dijo nada. Por toda respuesta esbozó una sonrisa. Luego se sirvió un güisqui, se sentó en un sillón junto a una lámpara de pie y se dispuso a ver el catálogo de la exposición que le había traído su hija.
Un rato después su hija la veía desde el extremo de la habitación cómo había dejado el catálogo en el regazo, apoyado el codo en el brazo del sillón, la mano extendida sobre la cara y la mirada perdida en algún punto indefinido. Lo que no vería era su pensamiento, que entre tanto se detenía en el recuerdo de aquel día en que el pintor se acercó a ella y le pidió que posase para un cuadro. Y cómo ella, luego, fue a su estudio tímidamente. También de cómo en la complicidad provocada por sus miradas, aproximaron sus cuerpos un día. Y recuerda, en fin, cómo sin acabar el cuadro el pintor no volvió por el estudio y se fue a París.

3 Julio 2007

Noche de copas. Sabas Llorente

Archivado en: Literatura, Sabas Llorente — Miguel Ibáñez @ 0:57

No sabía muy bien qué le impulso a tomar la decisión de entrar. Hacía mucho tiempo que no se planteaba esas cosas, pero hoy, sin saber por que, se encontraba allí.
Había estado tomándose unos güisquis por los bares que frecuentaba habitualmente. Dos acaso tres. Cuan salió de tomar el último, se encontró llevado como en volandas por una marea de jóvenes que acudían a una discoteca. Se acordó de de pronto que durante toda la semana había visto por las paredes de la ciudad los carteles que anunciaban la actuación de un grupo de moda.
En aquella misma discoteca, tantos años atrás, había escuchado a otros grupos hoy olvidados. Después de sucesivos cierres y aperturas, se había convertido en el templo de la movida musical juvenil. Él, sin embargo, no entraba nunca.
Pero hoy sí lo hizo. Casi no le dio tiempo a pensarlo empujad por los que venían detrás. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba dentro frente a un escenario vacío entre cientos de jóvenes que saltaban y con sus voces pedían que comenzase la actuación.
Salieron por fin los componentes del grupo entre los gritos de sus incondicionales y fueron desgranando canciones de su repertorio. No conocía y se encontraba perdido en dio de la complicidad alegre de los jóvenes que acompañaban con sus voces al vocalista del grupo, un chaval que apenas se dejaba ver detrás de su guitarra, pero con una voz rota que entraba como una aguja en todos los oídos.
Junto a él, una pandilla de chicos y chicas saltaba incesantemente. Una rubia que ondulaba al aire su larga melena a su lado, en uno de los saltos le pisó y sin apenas mirarle le dijo perdona y siguió su infatigable baile. Su aturdimiento iba creciendo. Dos o tres canciones después, la chica rubia que le había pisado y que estaba bebiendo una cerveza compartida se la extendió sin preguntarle si quería. Iba a decir que sólo bebía güisqui, pero lo creyó inútil y dio un breve trago.
Mientras tanto, en el escenario, el grupo seguía tocando. Un poco más tarde, la chica rubia se dirigió de nuevo a él y le dijo “Tocan de puta madre, ¿verdad?”. Y sin esperar su asentimiento dio un nuevo trago a su bote de cerveza, se lo pasó y siguió saltando.
Por la intensidad de la actuación supuso que ya deberían estar terminando. Llevaban más de hora y media tocando. Cuando acabaron era como si las guitarras y la batería se las hubieran guardado en su cabeza y aún estuvieran vibrando. Sus oídos le zumbaban. La tribu comenzó a dispersarse en dirección a la salida y la chica rubia le dijo “Qué pasada, ¿verdad?”. Él apenas movió los labios. Elle le preguntó “¿Estás solo?”. Por toda respuesta se encogió de hombros. La chica rubia le dijo “Pues vienes con nosotros, vamos a tomar unas cervezas al…”. Y él ya no pudo entender dónde dijo, la música disco ya estaba otra vez a todo volumen. Ella le cogió de la mano y tiró de él.
Salieron a la calle y un par de manzanas más abajo entraron en un bar que estaba llenándose con los que regresaban del concierto. Entre codazos y empujones se acercaron hasta ala barra en la que pidieron unas cervezas. Él hizo un ademán de ir a pagar al sacar las manos del bolsillo pero ella le detuvo. “Luego pagas tú”.
Se vio entonces por primera vez frente a ella, tomándose una cerveza cuando en realidad lo que le apetecía era un J.B. El resto de la pandilla se había encontrado con alguien y se alejaron un poco.
No sabía qué decir. Nunca había tenido facilidad para ligar y ahora se encontraba delante de una chica rubia de unos diecisiete años, ojos claros, cuerpo delgado en el que se insinuaban unos pechos breves debajo del jersey negro ceñido y una minifalda de cuero del mismo color.
En la discoteca, arrastrado por el vértigo de la música y del baile, no lo había sentido tanto, amparado por la complicidad de la oscuridad, pero ahora, frente a aquella adolescente rubia, su silencio, sus torpes palabras, la hacían sentirse ridículo. Se imaginaba que todos le estaban mirando.
La joven metió la mano en su pequeño bolso marroquí y cuando él pensó que iba a sacar una caja de cigarros, la vio abrir una bolsa de pipas y le echarle unas cuantas en la mano. No le dio tiempo a decir que no las quería y se vio escupiendo monótonamente los cascos al suelo entre trago de cerveza y monosílabos con los que contestaba a las preguntas que le hacía “¿Cómo te llamas?”. “Nunca te había visto por aquí. ¿Por dónde sueles ir?”. “Me pareces un tío cachondo”. “¿Vamos al bar de al lado tomar otra cerveza?”.
Así estuvieron en varios bares, entre jóvenes absolutamente desconocidos para él. Ya entrada la noche, ella le dijo “Vamos a mi casa, mis padres están de viaje”. Obediente, como durante todo el tiempo que estuvo con ella, accedió.
Ya en casa, se sentaron en una cómoda y espaciosa sala. Las paredes estaban llenas de cuadros, reconociendo a los autores de algunos de ellos, y los muebles eran de un diseño muy actual. Las estanterías estaban repletas de libros y entre ellos podían verse pequeñas esculturas en bronce y cerámicas. También unas fotografías supuestamente de la familia. Él se había levantado a ver los libros y se entretuvo luego mirando las fotografías. Ella, que nada más entrar en casa había puesto un disco, se dirigió al servicio diciendo “Son las fotos de mis padres y mi hermano”.
Ya se oía el ruido de la cisterna cuando él cerraba la puerta del ascensor. En el lento descenso se preguntaba cuánto tiempo hacía que no veía a Santiago. Y recordó la borrachera que cogieron por la noche el día que se hicieron las fotos de la orla fin de carrera. ¡Por cierto!, se dijo. ¿Dónde guardé yo la mía?

20 Junio 2007

De novela. Sabas Llorente

Archivado en: Literatura, Sabas Llorente — Miguel Ibáñez @ 8:54

Era sábado por la mañana y como no tenía que ir a la facultad no había madrugado. Se duchó, salió a la calle y compró el periódico. Desayunó en su cafetería habitual y entre sorbo y sorbo de café leyó los titulares del día.
Se entretuvo en las páginas de cultura. En una de ellas se hablaba de la expectación creada sobre el posible ganador del premio de novela que se iba a fallar próximamente.
Salió de la cafetería y se dirigió a su casa. Tenía la tarde libre y la iba a dedicar a la lectura de las novelas que le quedaban por leer del certamen.
Por la tarde, después de comer, se preparó un café, puso La Flauta Mágica de Mozart, se sentó en su sillón de orejas junto a la ventana y se entregó cansinamente a la lectura de las novelas. Dado que debía leer muchas, tenía un método simplificador. Leía el comienzo y, si no le convencía mucho, hacía dos o tres catas al azar en las páginas del interior.
La noche iba cayendo poco a poco. El mar, frente a su ventana, se iba desdibujando. Cerró la novela que tenía en sus manos en esos momentos y la dejó en el montón de las que ya había leído. Encendió la lámpara de pie que estaba junto al sillón y pese a su cansancio siguió con su fatigosa tarea. No había encontrado aún ninguna novela que mereciera una especial atención. Los temas de siempre tratados como siempre, se dijo. Creyó incluso reconocer a algunos autores de éxito con libros entre los más vendidos del momento según las listas que, como las de los discos de moda, confeccionan los suplementos culturales de periódicos y revistas literarias.
Con desgana, comienza a leer otra novela. Cuando tiene que pasar el primer folio, su sorpresa se lo impide y le incita a volver a leerla. No puede ser, se dice. Pasa al segundo folio y lee excitado. Es la misma, expresa ya en voz alta al silencio que ha dejado la música de Mozart en la sala. Mira el título de la novela y de nuevo en voz alta se dice, hasta el título.
Se levanta, se prepara una vaso alto de güisqui con hielo y ansiosamente continúa la lectura.
Demediada la novela y la botella, el sonido del teléfono le arranca de su concentrada lectura.
- ¿Dígame? –Pregunta.
- ¡Hola, profesor!. ¿Qué tal está?
- ¿Quién es usted?. No le conozco por su voz.
- Sí me conoce, aunque ya no se acuerde de mí. Hace dos años fui alumno suyo en la Universidad. Soy aquel estudiante que le pidió su opinión sobre una novela que había escrito y que quería presentar a un premio…
Antes de que acabase de recordar al profesor quién era, éste le interrumpió.
- Sí, ya me acuerdo de usted. ¿Sigue escribiendo? – era todo cuanto se le ocurrió decir.
- Sí y no. De eso se trata. ¿Ha leído ya todas las novelas que se han presentado al premio?
- Aún me quedan algunas.
- ¿Ha leído una que se titula En la orilla de la noche?
El profesor se queda en suspenso. No dice nada. Por su cabeza pasan mil imágenes. Finalmente lo comprende todo.
- ¿Dónde encontró la novela? Era la única copia que tenía..
- Es usted muy despistado, profesor. Estaba en la biblioteca de su Departamento en la Facultad. La encontré un día que fui a consultarle unos datos. Enseguida reconocí su letra al recordar sus análisis escritos en la pizarra del aula. Tuve la curiosidad de leerla y en un momento de distracción me la llevé.
- ¿Y qué pretende ahora al presentarla al premio?
- ¿No lo entiende, profesor? Es muy sencillo. Ganar el premio. Con su colaboración, claro.
El profesor sentía la sonrisa que acompañaba a las palabras de su ex alumno.
- Usted sabe que yo… – Pero fue interrumpido.
- Mire, profesor, a usted no le interesa verse metido en un lío de juicios por su prestigio. Por un lado, nadie sabe que usted escribe y no querrá que su intimidad que al descubierto por este feo asunto. Por otro lado, si me dice que es la única copia que tenía, mal puede demostrar que este manuscrito es suyo…
- Entonces haré todo lo posible para que el jurado…
- No, profesor. Hará todo lo contrario.-Le atajó su alumno. Y continuó.- Por eso quería hablar con usted.
- ¿Qué quiere decir?. No consentiré…
La voz de su antiguo alumno se superpuso a la suya y éste calló.
- Cálmese, profesor. Escuche, por favor. Este año han doblado la dotación del premio. Una cantidad absolutamente tentadora. Yo le propongo que saque adelante mi, perdón, su novela. No le costará mucho porque su opinión es siempre decisiva y cuenta con la confianza del editor. Luego, repartiremos el premio entre los dos.
- Pero ¿cómo se atreve a proponerme una cosa así?
- No se enfade y piénselo despacio. Nadie iba a sospechar nada. Un joven autor se revela como una promesa literaria, dirán los críticos. Y usted se quedaría lleno de satisfacción al ver publicada su novela y leída por tantos lectores.
El profesor se quedó en silencio. La voz al otro lado del teléfono se despedía.
- Piénselo, profesor. Espero que sea inteligente. Ya me pondré en contacto con usted. Buenas noches.
Los pitidos del teléfono se extendieron por toda la habitación. El profesor se quedó con el auricular en la mano un buen rato, ensimismado. Finalmente colgó.
Lentamente se sirvió otro vaso de güisqui, puso una pieza de Rasmaninov en el tocadiscos, se arrellanó en el sillón, abrió su novela y continuó su lectura entregándose al placer del reencuentro diciéndose: tengo que terminar esa maldita novela que empecé el año pasado.

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