El escéptico tropel de bachilleres entró en el museo más con la alegría de una excursión festiva que con la actitud ante una lección académica. A duras penas se dejó oír el profesor de arte ante los murmullos y sonrisas irónicas de los alumnos. Había cometido la imprudencia de reunir a los discentes a su alrededor para darles las primeras explicaciones sobre el artista justo al lado de un gran cuadro representativo de su última etapa que estaba en el vestíbulo del museo. La armonía de colores, el ritmo de las líneas que se entrecruzaban, los chorreados y goteados expresionistas que se yuxtaponían provocaban la hilaridad de los jóvenes. Hechas finalmente las consideraciones iniciales, comenzaron el recorrido.
El profesor iba delante deteniéndose ante los cuadros que consideraba más relevantes y el grupo le seguía. Como la exposición estaba ordenada cronológicamente, las primeras obras representaban su etapa académica. En ella aparecían retratos y paisajes que correspondían a una figuración que luego sería abandonada para entregarse de lleno al más rabioso informalismo.
La belleza de los rostros, la melancolía que expresaban los desnudos femeninos ante el espejo, prendió en los sorprendidos alumnos más allá de la apreciación de las características técnicas de su ejecución, del trazado de las líneas, de la extensión del color o de la composición. ¿Cómo era posible que el pintor que hizo aquel cuadro de la entrada de manchas y gruesos brochazos hiciera esas figuras tan delicadas, de tanta sensibilidad?, se preguntaban.
Ella caminaba un tanto rezagada para mirar más detenidamente cada cuadro a la vez que escuchaba las explicaciones del profesor. Siempre había tenido un gran interés por el arte pero en su ciudad, una pequeña ciudad de provincias, las exposiciones no eran muy frecuentes precisamente. Había oído hablar muy vagamente del pintor cuya exposición estaba visitando y siempre tuvo curiosidad por conocer su obra. Ahora la estaba contemplando y le gustaba.
Se detuvo especialmente ante un cuadro que sin saber muy bien por qué le gustó más. En él aparecía una joven con una melena lacia sobre los hombros. Estaba sentada en un sillón junto a una lámpara de pie leyendo un libro y el pintor la ha sorprendido en un momento en el que, el libro en el regazo, tiene la mirada perdida en un lugar indefinido, la cabeza levemente levantada, el codo apoyado en un brazo del sillón y la mano extendida en la cara. Un gesto familiar, una dulzura conocida parecía apercibir en el cuadro.
Se le acercó una compañera desde el grupo reclamándola. Al verla ensimismada ante el lienzo se quedó callada un momento. Luego le dijo: “Se parece a ti. Así te quedas cuando estás abstraída”.
El resto del recorrido lo hizo confundida con sus compañeros. Estos, después, de la sorpresa ante el academicismo de los primeros cuadros, habían recuperado las risas burlonas frente a las abstracciones que no entendían ni les gustaban, en medio de la impotencia del profesor por hacerles entender la trayectoria del pintor. De esta manera acabó la visita al museo.
Cuando llegó a casa, le contó a su madre brevemente la visita a la exposición. Al final del comentario, como si se tratase de una anécdota sin importancia, le dijo que había un cuadro en el que aparecía una joven que según una compañera se parecía a ella. Su madre no dijo nada. Por toda respuesta esbozó una sonrisa. Luego se sirvió un güisqui, se sentó en un sillón junto a una lámpara de pie y se dispuso a ver el catálogo de la exposición que le había traído su hija.
Un rato después su hija la veía desde el extremo de la habitación cómo había dejado el catálogo en el regazo, apoyado el codo en el brazo del sillón, la mano extendida sobre la cara y la mirada perdida en algún punto indefinido. Lo que no vería era su pensamiento, que entre tanto se detenía en el recuerdo de aquel día en que el pintor se acercó a ella y le pidió que posase para un cuadro. Y cómo ella, luego, fue a su estudio tímidamente. También de cómo en la complicidad provocada por sus miradas, aproximaron sus cuerpos un día. Y recuerda, en fin, cómo sin acabar el cuadro el pintor no volvió por el estudio y se fue a París.


