La Grúa de Piedra. Literatura y malas artes

19 Diciembre 2008

Mauro Muriedas. Luis Alberto Salcines

Archivado en: Literatura, Muriedas, Salcines — Miguel Ibáñez @ 17:27

 

“La obra es un sello de la realidad presente, sino no sirve;

es reflejo y testimonio de un determinado momento.

 La vida esté en ella y se proyecta en los que luego la ven”

(Mauro Muriedas)

 

Caja Cantabria ha querido subrayar la importancia artística y humana del escultor Mauro Murieras coincidiendo el final del año del centenario de su nacimiento con esta exposición en el espacio del Palacio de Santillana de Mar.

No es la primera ocasión en la que la entidad cántabra manifiesta interés por la obra de Murieras. En el año 2000 colaboró con la Fundación Jesús Otero para organizar una muestra de sus dibujos en el museo del escultor de Santillana. Ahora, a la exposición preparada, se suma el ciclo de conferencias coordinado por el  Foro La Ortiga que dirige Antonio Montesino, en el que críticos de arte e historiadores de las últimas generaciones como Mónica Álvarez Careaga, Salvador Carretero, Enrique Campuzano, Marta Mantecón y Gabriel Rodríguez reflexionan sobre la obra de los dos escultores, además de la escritora Gloria Ruiz que se aproximará a ellos desde un punto de vista más afectivo y humano. El tiempo transcurrido desde su  fallecimiento, añadido al hecho de no haberse organizado exposiciones en los últimos años en las que hubiese piezas suyas que nos permitiesen recordar su obra, ha incrementado el interés de esta exposición y el programa de conferencias.

La muestra tiene un deliberado acento sentimental. Podría haberse realizado en Torrelavega, la ciudad donde vivió Mauro prácticamente toda su vida. Se ha ha llevado a acabo, sin embargo, en Santillana del Mar, muy cerca de la casa y del Museo Jesús Otero. El espectador podrá visitar la exhibición de Mauro Murieras y las salas del museo de Otero, evocando la personalidad artística y humana de estos dos hombres profundamente buenos en el buen sentido de la palabra machadiana, autores de una obra intensamente humana, en el año en que se conmemora el centenario de su nacimiento.

Mauro Muriedas nació en Barcenilla de Piélagos en 1908. Fue el primero de cinco hermanos. En 1920, al fallecer su madre, se dedica a cuidar vacas en una finca de Cabo Mayor en Santander. Las estampas que vio Mauro desde el primer momento, el ambiente campesino de Barcenilla y la vida ganadera de Cabo Mayor iban a ser reflejadas en sus obras. En sus relieves aparecerán carros como los que hacía su padre. Y las vacas serán algo constante en su obra. Su hijo diría que la vaca era “la maja desnuda de Mauro”. Toda una serie de varia­ciones con un mismo protagonista, pero que reflejarían el costumbrismo y la necesidad  de la vida  y el trabajo  en el campo: vacas pastando, ordeñándolas, herrándolas, dando de mamar a algún ternero, lcerrando el trato en la feria, tirando de un carro,

Dos años más tarde, al trasladarse su padre a Torrelavega, vuelve con su familia. En la ciudad del Besaya residiría hasta su muerte en 1991.

Desde muy joven comienza a trabajar en la RCA de Minas y ayudando a su padre al salir del trabajo en el taller de carpintería que tenía debajo de su casa. En una ocasión llevaron al taller un árbol de dos metros comprado por su padre, Mauro realizó con él su primer intento escultórico: un pasiego de tamaño natural.

Su formación artística se inicia en la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega, dirigida por Hermilio Alcalde del Río, donde se matriculó a finales de la década de los veinte. Allí conoce a otros artistas locales con los que llegaría a tener una gran amistad: Ciriaco Párraga, Eduardo Pisano, Teodoro Calderón, Obregón, Charines…

Después de cumplir el servicio militar  vuelve a la RCA y continúa trabajando en el taller de su padre, situado en aquellos años en Campuzano. En esa época realiza sus esculturas Tío Juan el pasiego, Gente de mar y Sobre la tumba. Casi nadie conocía sus obras. Un día aparecieron por su estudio Ricardo Bernardo, Pedro Lorenzo y Jesús Alonso Peña que estaban organizando el Primer Certamen de Pintura y Escultura de Santander y querían ver lo que hacía Mauro. Tanto les gustó que le invitaron a participar en él. Era el año 1931. El crítico santanderino Simón Cabarga escribió muy elogiosamente sobre Mauro, llamando la atención sobre su obra y  la necesidad de ayudarle con alguna beca.    

Precisamente le llega la oportunidad ese mismo año 1931. La Diputación Provincial le concede una beca para estudiar Bellas Artes en Madrid. Durante su estancia conocería a importantes escultores como Victorio Macho, Emiliano Barral, Mariano Benlliure… y pintores como Vázquez Díaz, entre otros.

Fruto del trabajo de esos años son las exposiciones que realiza en el Ateneo de Santander en 1934 y 1935. Con motivo de ellas, el escritor Manuel Llano, sin conocerle personalmente, destacó su talento artístico escribiendo dos artículos sobre él.

La Guerra Civil le sorprende junto a otros 35 compañeros de Torrelavega que habían sido seleccionados, participando en la Olimpiada Popular de Barcelona. Entre ellos estaban José Luis Hidalgo y Francisco Charines La rebelión militar le impediría aprovechar una nueva beca de la Diputación, en esta ocasión para estudiar en el extranjero.

Durante la guerra estuvo movilizado en los dos frentes. Primero con el ejército republicano, después, al entrar los nacionales en el norte, tras un periodo de militarización en la RCA y cárcel por diversas denuncias por rojo, le enviaron a Pamplona para que se incorporase al ejército de Franco.

Terminada la contienda, durante la cual realizó numerosos apuntes, vuelve a la RCA de Minas. Un año antes se había casado con Tinuca Echaves. Las posibilidades de continuar su aprendizaje artístico se interrumpieron definitivamente. A partir de ese momento se convertiría en un artista autodidacto.

 Hasta su jubilación, en 1975, Mauro Muriedas repartiría el tiempo entre la empresa en la que trabajaba  y  la realización de su obra en el pequeño taller de su casa, primero en la buhardilla que tenía cuando vivió en el Paseo del Norte, luego en la calle Julián Ceballos, su última residencia.

En 1978, con motivo de la creación de la Escuela Municipal de Arte, en un intento de actualizar el espíritu de la antigua Escuela de Artes y Oficios, Mauro Muriedas se incorpora como profesor de talla acudiendo diariamente. Una actividad que revelaba una vocación de servicio y de generosidad similar a su otra dedicación, la Coral de Torrelavega, de la que formó  parte en su junta directiva y en la que Tinuca, su mujer, era solista.  Cuando las voces estaban ensayando, Mauro realizaba numerosos apuntes.

Mauro Muriedas es fundamentalmente un artista de la madera; de castaño preferentemente, a veces de nogal; sobre ella realizó en talla directa sus esculturas y sus relieves, en los que se puede ver la huella de la gubia al arrancar las esquirlas de madera y proporcionarlas una textura especial. También hizo numerosos dibujos, a lápiz o a tinta, unas veces como bocetos para ser llevados a la madera (en la exposición podemos ver tres bocetos de Regreso de la pesca), otras con un valor en sí mismos. En sus últimos años, coincidiendo con su vinculación a la Escuela de Arte, realizó un gran número de grabados sobre planchas de linóleo.

El gran tema de la obra de Mauro Muriedas ha sido el hombre, sobre todo  el hombre que sufre, los perdedores de la sociedad, la gente humilde. Y especialmente el trabajador: campesinos, mineros y pescadores en pleno esfuerzo o descansando, y manifestando en su rostro, en su gesto, la expresión del hondo dolor,  la impotencia y la soledad que hay en sus vidas. Personajes solos o en pareja, en grupo cuando se trata de relieves, por lo general mirando hacia abajo, en un signo a mitad de camino entre la resignación y el dolor.

Son hombres y mujeres con el sufrimiento cargando sus espaldas, recorridos por un viento de tristeza. Cuando veamos una figura de Mauro con las manos entrelazadas, veremos una figura triste, que parece estar esperando algo. Todos los personajes de Mauro parecen estar esperando. Son cuerpos fuertes, pero para el trabajo, que expresan en su cara el sacrificio y las huellas de ese trabajo. Pero ese sufrimiento, es un sufrimiento contenido; la rebeldía -si la hay- es interna; por fuera está el gesto de sumisión, de aceptación, de impo­tencia, que puede, junto con la tristeza, con toda la carga revolucionaria que pueden en­cerrar. En sus personajes se ve una desilusión, un pesimismo histórico. Se les ha roto toda esperanza y sólo les queda la sumisión y so­brevivir. Únicamente recuerdo una obra, Campesino (1965) en la que el grito de exclamación que no se oye no se sabe qué es exactamente, si un “¿por qué?”, o un “basta” rozando la blasfemia.

Algunos de  sus personajes son conocidos, Mauro Muriedas les podía ver por las calles de la ciudad, se inspiraba en ellos, pero por lo general son anónimos, los Sancho Panza que cantó Gabriel Celaya.

Sus personajes—madera en su casa eran parte de Mauro. Cuando todas las mañanas, de jubilado, les limpiaba el polvo, con el cariño con que una madre lava a su hijo, Mauro hablaba con ellos, y su impotencia y rebeldía contra la injusticia se mezclaba con el cariño que les tenía.

“Mi obra trata de expresar la vida de los demás, del que sufre. La vista me hace captar una tristeza que luego inyecto en la obra. No es nada pintoresco. Son los personajes víctimas de una desigualdad económica, y por ende social. Es un arte de tipo social”, afirmaba en una ocasión. Y en otro momento: “Mi obra es un termómetro que mide la temperatura de tristezas, desigualdades. Son unos hombres los que aparecen en ella cargados de desilusión por la tragedia social que arrastran. “

 Refiriéndose a su Hombre desilusionado (1946), escribía: “Con la mirada fija y el cora­zón apretado miro al mundo desquiciado. ¿Qué delito habré cometido para verme tan desilusionado? Vivo pobre, maltrecho y de­sesperado, pienso la vida y no encuentro un camino de salida que cambie mi estado. Traba­jé en una mina y terminé agotado y explota­do. Un retiro de cuatro cuartos me dieron que me está acabando. El corazón apenas tiene vida, porque el egoísmo lo está matando”.

Todos los días al llegar casa, Mauro escribía en unas cuartillas reflexiones como ésta, a modo de diario. Eran la expresión, por escrito, de sus vivencias, de sus sentimientos. En ellas se puede apreciar toda una forma de pensar, toda una actitud ante la  vida, en ocasiones con unos acentos solanescos. Sus tallas, sus bocetos y apuntes y esos papeles, eran la liberación de una ira contenida, de su grito de rebeldía contra la injusticia de la sociedad en la que vivía.

Otro de los temas de Mauro Muriedas fue el bestiario relacionado con las tareas del campo, recuerdo de sus años cuidando el ganado en el Faro de Santander. La vaca sobre todo, con un carácter casi totémico, pero también asnos, perros, terneros, cabras… “De pequeño, por mis trabajos, cogí cariño a los animales. Es su mirada de inocencia, de nobleza la que me atraía. Los mismos ojos que ven al hombre que sufre, ven a los animales, y mis formas de expresión necesariamente tienen que ser parecidas. He visto en los animales lo que puedes ver en las personas, una nobleza que te atrae y te lleva a plasmarlo en la escultura”. Con una obra de esta temática, Cabra, obtuvo la medalla de oro del Salón de Otoño madrileño.

En sus dibujos hay muchas maternidades, retratos y escenas de su familia. Están realizados sobre papel y cartón a lápiz, plumilla, carboncillo o bolígrafo. Hay una serie en concreto que está realizada con collages. Con recortes de periódico que incluyen titulares de noticias e imágenes, añadiendo trazos y textos propios,  compone pequeñas situaciones con una agria y  triste carga social. Recuerdan a los del gallego Castelao o a los expresionistas alemanes como Grosz. 

Resultado de su disciplinado quehacer artístico fueron las numerosas exposiciones individuales y colectivas que realizó, más los premios obtenidos, que le granjearon homenajes de felicitación y cariño de sus amigos y artistas. Entre las primeras se deben recordar las ya citadas del Ateneo de Santander en 1934 y 1935, la de la Biblioteca Popular de Torrelavega en 1947, la de la sala Sur santanderina en 1972, la de la Fundación Santillana en Santillana del Mar en 1981, las del Banco de Bilbao en Torrelavega junto a Eduardo Pisano y Jesús Otero en 1976, Algas en  Suances  en 1990 y la que se realizó en Torrelavega cuando se dio su nombre a las Sala de Exposiciones que se inauguró en las antiguas caballerizas junto al actual Teatro Concha Espina. Su obra, paralelamente, estuvo incluida en cuantas colectivas de escultores cántabros se realizaron. Especial mención merece entre los premios obtenidos la medalla del Salón de Otoño de Madrid en 1972.

Entre el costumbrismo y la crítica social, entre la ternura y el contundente expresionismo, Mauro Muriedas puede ser considerado como uno de los artistas de Cantabria más importantes del siglo veinte. Sus valores artísticos estuvieron siempre acompañados por su grandeza humana, confiriendo ambos a su obra el valor que transmiten las verdaderas obras de arte: pasión en su realización, sinceridad, verdad y universalismo.

Sus piezas han pasado a formar parte de importantes colecciones públicas y privadas. La mayoría  de su obra, sin embargo, se encuentra en la casa donde vivió los últimos años en Torrelavega, custodiada por su hijo Maurín. De ella proceden gran número de las creaciones que el espectador puede ver en la exposición, a las que se han añadido algunas pertenecientes a coleccionistas particulares, a quienes agradecemos su cesión.

Son trabajos que corresponden a diferentes épocas de su trayectoria, los primeros años  o las realizadas los últimos, entre ellas una inacabada de una fuerza expresiva rotunda, Martillero en paro. La muestra nos permitirá recordar obras emblemáticas de Mauro como Hombre de mar, Chato el minero, Campesino, Sembradora, Noble, la ya citada Cabra y Maternidad.

 Se ha intentando en varias ocasiones que el Ayuntamiento de Torrelavega  u otra institución se haga cargo de la obra depositada en su casa, catalogándola y creando un museo o Fundación, pero salvo alguna esperanza inicial, el silencio ha sido la respuesta. El centenario de su nacimiento puede ser un buen momento para retomar la idea.

Nota: El catálogo de la exposición se puede descargar aquí en pdf.

15 Diciembre 2008

Qué trama el mar. Artículo de Luis Salcines sobre un libro de Marisa Campo

Archivado en: Campo, Literatura, Salcines — Miguel Ibáñez @ 16:40

 

Pintura en la osuridad del mar. Enzo Cucchi

Pintura en la oscuridad del mar. Enzo Cucchi

 

 

Hace unos días se presentaba el último libro de poemas de Marisa Campo, Qué trama el mar.

Marisa es de Asturias, llegó a Cantabria y se incorporó intensamente a la vida cultural de la comunidad sin renunciar a sus orígenes, con los que sigue manteniendo relación cultural y sentimental.

En Cantabria, al mismo clima y al mismo paisaje norteño de su Oviedo, sumó el mar, presente en las páginas de su libro.

Como activista en el ámbito de la cultura hay que destacar su colaboración en la revista Pluma y Pincel, habiendo formando parte del jurado del Premio de Novela José Saramago convocado por CCOO desde Santander.

Pero también participando en los actos a los que se le invita: lecturas poéticas o antologías publicadas en Cantabria  en las que está incluida (Nueve novísimos de la poesía en Cantabria, 25 Años de creación poética en Cantabria) o las representaciones alrededor de la música y el ballet.

Qué trama el mar parte de unos versos de la poeta cántabra Marián Bárcena:

 

“Allí donde la vida no se acaba, guarda un día

 para cuando no estés.

 Vuelve el rostro al reflejo de quien te ama.

 Dile al oído del mundo qué traman las olas.”

 

Marisa nos presenta un libro unitario, muy elaborado. Muy sintetizado. No ha ido incorporando poemas escritos sucesivamente porque sí, uno detrás de otro, tentación en la que cae el poeta novísimo, sino que ha formado un conjunto bajo una idea común, siguiendo un sutil hilo argumental. De todos modos, cada poema puede leerse independientemente.

Ha sabido esperar, ha ignorado la impaciencia, depurando la selección y huyendo de la tentación de incluir muchos poemas, pese a llevar tiempo sin publicar. Su último libro editado era Cuaderno de Bitácora, de 2003.

Son los suyos poemas sin título, como subrayando la idea de conjunto, que fijan instantes (la niña recordada jugando con un muñeco de trapo, ante un recital, en un café, el vaso detenido en el aire…). Son como imágenes congeladas recuperadas de la neblinosa memoria o del ensueño.

Desvelan personajes (los poetas en la tertulia del café, el camarero hablando con el acostumbrado cliente, el extraño coleccionista, las musas…) a quienes rodea un halo de misterio y muy sugerentes. Aparecen en situaciones, en escenarios muy cinematográficos. Son posibles imágenes en blanco y negro procedentes del cine clásico con una banda sonora con música de saxo o de piano

Pero al mismo tiempo recrean ambientes que tienen una componente de irrealidad: “Te veo como en un sueño”. Siempre en la poesía hay una componente de procedencia irreal.

Los personajes y sus escenarios son al mismo tiempo metáforas sobre la soledad, la muerte, la creación…

 

“La luna escaparate

de un moderno café,

absuelve regueros

de lluvia.

Muestra siluetas

sobre un turbio azul

oscuro.

 

En primera línea de fuego,

dos hombres canosos

diseccionan libros

y juran con la palma

de su mano

sobre versos.”

 

Otro de los territorios que aborda Marisa Campo en las páginas de Qué trama el mar es el del amor. Siempre ha estado presente en  su poesía. 

Algunos de sus poemas están precedidos de citas de autores clásicos (Platón), contemporáneos (Handke) y directores de cine (W. Allen). Pero asimismo podrían haber sido de procedencia más coloquial o cotidiana:

 

“Antes de un poema

colocaba una cita.

 

No siempre era un verso.

 

Podía ser un pequeño diálogo

tomado de una vieja película.

Las palabras de amenaza

pronunciadas por un mendigo

medio loco.

Fragmentos de conversación

con un extraño.

Una pintada recogida de un muro.

Incluso frases anodinas

extraídas de algún que otro

folleto publicitario.

Letras de canciones que nadie

o muy pocos conocían.

 

Hay pensamientos

que nadie recoge

y se sentía en deuda

con el mundo.”

 

Muchos referentes de diferentes lenguajes: literarios, cinematográficos y, sobre todo, musicales. Referencias, por tanto, matizadamente culturalistas, que combina con las que proceden de lo vivido, como se escribe toda la literatura. Vida, estudio y reflexión. Luego, soledad y lenguaje.

Para después intentar comunicarlo a los lectores a través de una economía expresiva, minimalista casi. Poemas breves pero de hondo lirismo;

 

“Un verso

es apenas

una palabra.

 

Sólo estertor”.

 

Un libro de relectura obligada y susceptible de  llevar a un escenario por la plasticidad y hondura de las situaciones esbozadas, para enriquecer con música, a partir de la sensorialidad que encierra.

7 Diciembre 2008

El humo(r) de Raúl Lucio. Luis Alberto Salcines

Archivado en: Literatura, Lucio, Salcines — Miguel Ibáñez @ 12:42

 

 EL HUMO(R)  DE RAÚL LUCIO

 

Hay creadores que presentan sus proyectos de un modo discreto, casi imperceptible. Apenas tienen resonancia en los medios de comunicación. Pese a que se ofrecen a todo espectador que quiera verlos, su público se reduce a los amigos del artista  y aledaños. No es una situación deseada por el propio artista, con toda seguridad  preferiría que su obra fuese contemplada por más personas. Sin embargo, se siente contento por el trabajo realizado y por los comentarios  de sus fieles visitantes.

Algo de eso le ha sucedido a Raúl Lucio con motivo de su exposición en el restaurante Sal y Pimienta de la calle Guevara. En él ha presentado una serie de composiciones en pequeñas dimensiones bajo el título de Humofobias.

Raúl Lucio es un reinosano que ha estado trabajando hasta ahora en el territorio de la fotografía. Forma parte del grupo 4 Habitaciones junto a los poetas Sergio Balbontín, Julio Ceballos y Daniel Guerra y publicarán próximamente el libro Tránsitos, con poemas e imágenes de sus integrantes y con prólogo del escritor también reinosano Pedro J. de la Peña. Explicaban con motivo de la presentación de Tránsitos: “Es un proyecto que nació hace casi ya 3 años con intención de tomar cuerpo como libro. Tras varias vicisitudes que impidieron finalmente su publicación en este formato, evolucionó hacía una muestra fotográfica. La exposición recoge 17 imágenes realizadas por Raúl Lucio en la isla italiana de Sicilia durante 2005, y 12 poemas escritos por Sergio Balbontín, Julio Ceballos y Daniel Guerra. En los textos, aunque se parte de las imágenes a la hora de plantear el poema, se recogen múltiples propuestas en torno al viaje: como huida, como vacación, como forzada migración, como descubrimiento, como crecimiento personal… ¡Y muchos otros viajes! Todos los que caben en una fotografía o en un poema”

Ahora Raúl Lucio nos invita a una exhibición individual.

Jugando con el texto y la tipografía de las cajetillas de tabaco, la recomendación del Ministerio de Sanidad sobre los peligros a los que se expone el fumador, ha realizado utilizando la vieja nueva técnica de collage que idearon los cubistas pero que los dadaístas la llenaron de un contenido perverso y lúdico, unas piezas en las que el humor y la ironía, lo maceran todo.

Apropiándose de imágenes procedentes de diferentes medios, impresos o digitales, sirviéndose de estrategias propias del mundo de la publicidad (manipulando alguno de sus iconos más conocidos), yuxtapone textos y en ocasiones objetos creando paradojas visuales, alusiones conceptuales, muchas de ellas referidas a nuestra memoria histórica y sentimental.Las más frecuentes son las que abordan la temática del tabaco. Otros ámbitos de reflexión son el medio ambiente amenazado, la violencia, el deporte como espectáculo  y negocio, el maltrato a los animales, la guerra de Irak, el mundo de la política, el arte y, ocupando un lugar destacado, el sexo.

Escribe Raúl Lucio: “Esta serie está compuesta por un conjunto de subseries -viajes, USA, política, sexo, arte, etc.- en las que se realiza una mirada crítica sobre diferentes aspectos de las “sociedades avanzadas”. Se pretende, así, que el espectador tome parte de un juego de relaciones visuales y conceptuales sobre un amplio territorio temático”

Una ácida y amarga crítica social emparentada con las sensaciones que provocan los humoristas gráficos, pero con una intensidad  y plasticidad estética más ambiciosa, aliviada por la componente lúdica.

Al recorrer la exposición es inevitable establecer asociaciones con la obra de diseñadores como el santanderino Daniel Gil y el maestro de la poesía visual Joan Brossa, por ejemplo. Posibles influencias que quizás no hayan sido deliberadas pero que, a través de las lecturas sucesivas que se han hecho de ellas, han seguido estando presentes.

Entre la crítica y la plasticidad, entre el ingenio y la inspiración, entre la reflexión y lo lúdico, Raúl Lucio nos invita a visitar su muestra. Nos gustará más o menos, pero no saldremos indiferentes. A mi personalmente me gustó mucho.   

 

Nota de La Grúa: A continuación ponemos dos enlaces en formato pdf. En el primero se puede contemplar el trabajo de Raúl Lucio y en el segundo una explicación del proyecto.

Humofobias. Raúl Lucio

Sobre Humofobias

1 Diciembre 2008

Elogio a la lectora fiel. Luis Alberto Salcines

Archivado en: Literatura, Salcines — Miguel Ibáñez @ 15:54

 

 

La lectora de novelas. Vincent Van Gogh

La lectora de novelas. Vincent Van Gogh

 

 

La semana pasada semana me encontré a Marisa Samaniego en la calle Burgos. Como siempre iba con una bolsa llena de libros recién comprados. Y también como es habitual en ella, no pudo evitar mostrármelos y comentarlos.

Marisa es una lectora omnívora. Lee de todo y está al día de todo. Pero además tiene un olfato especial para descubrir nuevos autores o títulos desconocidos que enseguida comparte y habla de ellos a sus amigos. Les transmite su entusiasmo, les regala unas fotocopias de los diarios o del algún suplemento cultural subrayadas por ella para destacar lo que cree más importante del libro.

La misma pasión manifiesta en sus clases en la Universidad ante sus alumnos. Marisa se convierte en un periódico vivo de la cultura de nuestra comunidad. Les informa de las conferencias que van a tener lugar, de las representaciones teatrales, de las exposiciones… y lo hace con tanta intensidad que los alumnos aceptan la sugerencia y asisten. Como asiste ella misma a cuantos actos se realizan. En las presentaciones de libros, en las conferencias, en las primeras filas encontraremos a Marisa Samaniego con una libreta abierta y tomando apuntes. Para ella no es sólo un acto que favorece los encuentros personales, la amistad o la compañía a los intervinientes, es una oportunidad de saber un poco más de un tema determinado, de una propuesta concreta.

Esas notas, acompañadas por el proceso de reflexión personal que hace de cada lectura, las utiliza después para su Taller de Lectura del Centro Cultural Matilde de la Torre, las Matildes como cariñosamente se las conoce. Invita a  autores de Cantabria o de ámbito nacional que están promocionan sus obras en Santander para que hablan de ellas y les puedan preguntar. El taller se fundó en 1981. Desde entonces, cada miércoles del curso,  el centro se convierte en un lugar de encuentro, un ámbito de lectura compartida, sin dejar de recordar Marisa que la lectura  “es un acto solitario, que requiere soledad y silencio”, y de amistad, con la presencia de narradores y poetas.

¿De dónde saca tiempo Marisa Samaniego? ¿Dónde coloca todos los libros que compra?

Sobre su tiempo, ella dice que los fines de semana se enclaustra en casa a preparar clases, sus colaboraciones en la revista Goya, leer, y el resto de la semana lo dedica a asistir a cuantos encuentros culturales pueda. El día que no está en uno nos preguntamos si le pasará algo. Probablemente ha tenido que elegir entre varios que estaban programados a la misma hora.

En cuanto al espacio, a eso sí que no sé responder. Su inmensa biblioteca que incluye libros no sólo de lectura sino exquisiteces de bibliófilo, rarezas que no tiene nadie, libros para ver por sus preciosas ediciones, libros dedicados por sus autores,  irá creciendo y dilatando sus habitaciones y sus cuartos trasteros en una búsqueda imposible de espacio.

Addenda. El día que hablé con Marisa estaba triste. Le habían robado un paraguas al que tenía mucho cariño, precisamente en una librería. Con los años nos volvemos más sentimentales con algunos objetos. Son los que engordan, como los libros, los cuartos trasteros, las casas de nuestras madres… Imposible tirar nada de nuestra memoria sentimental que trata de reivindicar, ganar un espacio físico, contra toda costumbre no escrita del consumismo: no merece la pena arreglar nada porque resulta más barato comprar otro producto nuevo.

Marisa ha ido muchas veces a comprar libros bajo la lluvia del septentrión protegida por el paraguas que le hurtaron. Cuando me despedí de ella la propuse una solución que le devolvió su sonrisa permanente. Creo que se fue a casa más contenta.

 

15 Noviembre 2008

Otro número de la revista Nadadora. Luis Alberto Salcines

Archivado en: Literatura, Salcines — Miguel Ibáñez @ 9:59

 

    

Swimmers and Sunbathers. Milton Avery

Swimmers and Sunbathers. Milton Avery

 

Qué irreal parece el invierno cuando los cuerpos

dejan sus huellas en la arena.

Alberto Santamaría

                               

La revista Nadadora publica su último número. Su primera entrega fue en 2005. En ella figuraban como coordinadores Alberto Santamaría y Sara Rodríguez. En los siguientes colaborará fundamentalmente el poeta  Guillermo López Gallego. Como un guiño entre divertido y cariñoso, aparece también el nombre de Pablo Santamaría, hijo del fundador de la revista, inspirador entre juegos y risas, entre gateos y lágrimas, de alguna nana. 

            Nadadora es una revista austera, de diseño sencillo, en la que contra toda costumbre, no aparece ninguna declaración de principios como presentación. Únicamente incluye una nota final, a modo de colofón, en la que se dice: “Así nace NADADORA, poesía y cloro en cuatrocientos mariposa”. Su anagrama fija el instante de tensión de un nadador a punto de saltar. Recuerda en su esquematismo al diseño que se hizo para representar los diferentes deportes en la Olimpiada de Munich.

            Con respecto al titulo, Alberto Santamaría comenta que se debió a una serie de casualidades encadenadas cuando estaba pensando en él: “No encontraba nombre para la revista y de golpe dio la casualidad de que escuché una canción del grupo Family llamada Nadadora, unos días después me volví a encontrar con el poema de Pedro Salinas Nadadora de noche, y al poco tiempo leí el cuento de Cheever El nadador, así que me di cuenta de que ese era el nombre ideal, no podía ser otro”

            La intención inicial fue publicar dos números al año. Hasta ahora han sido seis los editados, con dos de ellos excepcionales. En mayo de 2007, con el apoyo de la Fundación Gerardo Diego, dedicaron un monográfico al poeta Pablo García Baena. En él se incluía una entrevista realizada por Elena Medel y Alberto Santamaría al autor malagueño, textos críticos sobre su obra y una antología a partir de la selección realizada por diversos poetas que eligieron y comentaron un poema del fundador de Cántico. Con motivo de su presentación en Santander hubo un encuentro con García Baena.

            Otro número de especial contenido fue la cuarta entrega, dedicada a la poesía visual en España, con trabajos de Chus Arellano, Vicente Gutiérrez, Julio Reija, Sofia Rhei, Miriam Reyes y Sam3. El número contó con la ayuda de la Consejería de Cultura y lo coordinó en esa ocasión Guillermo López Gallego. Incluía además un homenaje al poeta cántabro Rafael Gutiérrez Colomer, fallecido en 2005, con dos textos sobre su figura y su obra, dándose a conocer inéditos suyos así como un CD con su poesía cinética.

            Hasta ahora han aparecido poemas de Jordi Doce, Abraham Gragera. Guillermo López Gallego, Martín López Vega, Antonio Lucas, Elena Medel Vicente, Luis Mora, José Antonio Mesa Toré, Andrés Navarro, Carlos Pardo, Antonio Portela , José Luis Rey, Jesús Salceda,  Álvaro Valverde, David Vegue, Luis Antonio de Villena… Diferentes generaciones, distintas poéticas.

            El último número de Nadadora contiene poemas de Ana Gorría, Ana Merino, Andrés Catalán, Andrés Neuman, Jesús Aguado, José Antonio LLera, José Antonio Padilla, Juan Andrés García Román, Julieta Valero, Luis Bagué, María Salvador, Mariano Peirou, Rafael Fombellida, Raúl Díaz Rosales y traducciones de Carlos Duarte por el editor de DVD Sergio Gaspar, John Asbbery por Abraham Gragera, Al Berto por Andrés Navarro, Ezra Pound por Fruela Fernández, más un pequeño homenaje de Alberto Santamaría a Luis Felipe Vivanco a partir de su libro Lecciones para el hijo, del que se reproduce un fragmento.

            En resumen, revista para leer, revista para disfrutar, revista para coleccionar.

            La semana pasada, coincidiendo con la aparición de Nadadora, le llegó a Alberto Santamaría la noticia de que había obtenido el prestigioso Premio Ciudad de Burgos, que ya había conseguido en 2003 el poeta torrelaveguense Rafael Fombellida con Norte Magnético.

            El título provisional del libro es Pequeños círculos” y lo publicará DVD en marzo. Para Santamaría, “En lo formal he querido hacer un libro alejado de la idea de unidad temática, que era muy marcado en los anteriores libros. Es decir, que en este hay una variedad de temas, y de formas. Utilizo mucho el poema en prosa. Hay temas como el amor, la muerte, el pasado, temas tradicionales pero tratados a veces con ironía y otras, casi siempre, con un fuerte componente nihilista”

            Continúa afirmando: “Es un libro nihilista, pero que considera que la falta de sentido  es algo bonito. Es decir, que nada tenga sentido, ni la vida ni la muerte, es lo bueno, significa que puedes hacer con ello cualquier cosa. También hay mucho paisaje, mucho trasfondo de mi infancia en un polígono industrial como Candina. Su paisaje de residuos, de fabricas abandonadas, de óxido y rollo obrero y suburbial está muy presente sin ser panfletario”

Por último, considera que “Es mi libro más serio y más biográfico. Es un libro sobre el que he trabajado mucho, el que más de todos y aún lo tengo muy cercano”.

            Momento especial, por tanto, con doble motivo de alegría para este poeta lleno de energía, irónico y provocador, oblicuamente lúdico, que utiliza una pluralidad de referentes (filosóficos, literarios, artísticos, musicales, de los medios de comunicación…) en su intensidad creadora. Poeta reiteradamente galardonado (Premio Surcos en 2003 por El orden del mundo, III Premio Vicente Núñez en 2004 por Notas de verano  sobre ficciones de invierno y III Premio Radio 3 en 2004 con El hombre que salió de la tarta) que con cada nuevo libro confirma  el interés que despierta en sus fieles lectores y acentúa su proyección en el panorama de la poesía emergente española por su brillantez y profundidad, por su imaginación y conocimiento poético.

 

27 Octubre 2008

Los viajes de la cigüeña de Gustavo Martín Garzo: una invitación a recorrer Tierra de Campos. Luis Alberto Salcines

Archivado en: Literatura, Martín Garzo, Salcines — Miguel Ibáñez @ 19:45

 

 

Cicogna. Antonio Puccio Pisano

Cicogna. Antonio Puccio Pisano

Hay libros cuya publicación pasa de puntillas por las librerías. Son libros distintos, que no responden a la imagen que se tiene de su autor, quizás porque abordan un tema que no es habitual en él. Puede ser debido a que la editorial en la que aparecen no sea muy conocida o tenga muy mala distribución. Al final es el boca a oído de los lectores el que los convierte en libros buscados. Un día, de casualidad, te los encuentras en una librería o feria del libro viejo.

Yo creo que es el caso de Los viajes de la cigüeña, de Gustavo Martín Garzo, III Premio Llanes de Viajes convocado por la villa asturiana y publicado por Imagine Ediciones. Pese al prestigio y fidelidad ante críticos y lectores  que tiene el autor de Las historias de Marta y Fernando, me da la impresión de que no ha tenido la difusión que se merece.

El libro es una propuesta al lector de viaje por la Tierra de Campos vallisoletana. Martín Garzo pasó los veranos de su infancia en el pueblo de Villabrágima,  de donde procedía su padre, y a él acude en el estío. Allí conserva en la casa familiar una primera bicicleta que le regaló su padre siendo niño. Con ella va a recorrer y evocar la comarca castellana.

“Los ciclistas se parecen a las cigüeñas. Son esbeltos como ellas, reducen al mínimo su contacto con la tierra, y se adelgazan hasta transformarse casi en una figura mental, como pasa con estas aves en los pináculos de los campanarios”. Y más adelante escribe: “Cigüeña y ciclistas son almas viajeras. Viajan por el mundo pero como el personaje de nuestro cuento, regresan siempre al lugar del que partieron. Estas páginas hablan de ese vuelo inmóvil, de ese tesoro que nos estaba esperando en nuestra propia casa”

La bicicleta para viajar, pero también para leer: “A mí siempre me ha parecido que la actividad del ciclista es semejante a la del lector. La misma actitud ensimismada, la misma reserva y el mismo silencio expectante, el mismo discurrir solitario por caminos poblados de símbolos. Lugares que son páginas, caminos que son líneas, objetos que fluyen como las palabras, así es el mundo para él”.

Con la memoria a cuestas, Martín Garzo, realiza “Un viaje doble que me lleva por lugares que existen, pero también por lugares soñados”. Nos cuenta la historia, costumbres, leyendas, personajes históricos y populares, paisajes y gentes, patrimonio artístico (ermitas, palomares…), incluso el gastronómico….de Tierra de Campos. Recuerda juegos de infancia, los baños en el río, el colegio y los sobrecogedores ejercicios espirituales, las fiestas populares, los amores de los adolescentes y sus paseos románticos junto al río, los ritos tradicionales, la represión que se vivió en la comarca durante la Guerra Civil, la oscuridad y el dolor, el silencio que se estableció a continuación. Nos habla de las chicas del pueblo que se iban a servir a la ciudad, de la emigración de algunos vecinos a los países centro europeos …

Nos describe asimismo un mundo rural “que ha sufrido en estos últimos años grandes transformaciones que lo han hecho casi irreconocible”. Por eso cita a Berger cuando dice: “El fin de la cultura rural fue el hecho más significativo que se produjo en el siglo que acaba de terminar”.

Cita también a Kavafis cuando expresa: “El viajero,  lleva por donde quiera que va los lugares de su infancia”. Por eso afirma Martín Garzo: “No he vuelto a ver cielos como aquellos, en ningún lugar del mundo”

En Los viajes de la cigüeña hay múltiples referencias a la pintura y el cine, pero sobre todo a las historias y los cuentos. No sólo de la literatura universal (Borges, Kafka, Singer, H.G. Wells…) sino también de la tradición oral, romances incluidos. “Los judíos llaman aggadhag a estos cuentos que contienen una enseñanza para quienes los escuchan. Parábolas que nos enseñan a comprender el sentido de nuestro paso por el mundo, si es que esto es posible”.

El libro es un canto a los viajes: “Los que realizamos por el exterior, en busca de otros mundos y otras gentes, y los que realizamos por nosotros mismos. El viaje objetivo y real, y el de nuestros pensamientos y nuestra memoria, pues también la memoria es un viaje y cuando recordamos no hacemos sino visitar los lugares que guardan las huellas de nuestra vida”. Por eso añade: “El viajero es como los escapistas de los espectáculos de magia, entre baúles que en realidad son corredores, atraviesa puertas que le permiten acceder a otros mundos”

Martín Garzo transmite emoción, ternura, melancolía con su cuidado y sensorial  lenguaje. El lector se siente invitado a recorrer los pueblos castellanos de Tierra de Campos (Villabrágima, Medina de Rioseco, Tordehumos, Villagarcía de Campos, Urueña….), en algunos de los cuales apenas queda nadie, pese a la llegada de inmigrantes, para experimentar en primera persona la intensidad y belleza de ese paisaje. Si el lector no  aplaza el viaje puede disfrutar estos días de la luz especial del otoño en el que estamos instalados. En cualquier caso, siempre nos quedará disfrutar con la lectura de la serena prosa de Martín Garzo que recrea en las páginas de su libro paisajes del alma y de la memoria.

18 Octubre 2008

Queremos tanto a Fernando. Luis Alberto Salcines

Archivado en: Literatura, Salcines — Miguel Ibáñez @ 17:35

 

 FERNANDO ZAMANILLO EN EL MUSEO DE BELLAS ARTES

 

Zamanillo, en la instalación de Vicario en Del Sol St. / BRUNO MORENO

Zamanillo, en la instalación de Vicario en 'Del Sol St'. / BRUNO MORENO

El lunes, dentro del ciclo de Artistas de los siglos XX y XXI que viene desarrollándose en el Museo de Bellas Artes de Santander conmemorando los 100 años de la pinacoteca santanderina, intervendrá el escritor, crítico y galerista Fernando Zamanillo.

Fernando fue director de esta institución de la calle Rubio entre los años 1979 y 1983. Fueron los años de la transición democrática española durante los que se recuperaron no sólo las libertades democráticas, sino paralelamente, la ilusión y la alegría de vivir. Fueron los años de la explosión del color, de la toma de la calle por los ciudadanos para compartir las nuevas experiencias que conocíamos de Europa por los medios de comunicación, por lo que nos contaban nuestros amigos que estuvieron allí o por algunos viajes que hicimos personalmente.

En el campo de la cultura hubo una necesaria ruptura con los valores oficiales ya caducos. En concreto en el ámbito de la música y las artes plásticas hubo un derroche de vitalidad y creación. Madrid fue el epicentro de lo que se denominó la movida que fue extendiéndose al resto del país contagiado, envidioso de esa fiesta de la creación.

Por supuesto, como en todos los periodos de la historia, no todo lo que se hacía tenía interés. Se están haciendo revisiones de aquellos años y, lógicamente, no han sobrevivido todos los que se creían artistas. Las drogas, el Sida y la carretera dejaron en las cunetas muchos iconos de aquel tiempo. Otros son figuras actuales en el territorio de la creación española. ¿Pocos? Como casi siempre el tiempo ha sido así de cruel en el proceso de selección. Pero también ha cometidos muchos olvidos que generaciones posteriores han recuperado para vergüenza de algunos historiadores.  

En Cantabria el panorama de la transición, como casi en el resto del país, era gris y  átono. Cuatro o cinco individualidades ponían la ilusión que no permitía la falta de presupuesto económico y la censura estética y moral de una ciudad de provincias que tenía como emblema cultural el Festival Internacional de la Porticada, al que acudíamos los melómanos para ver y oír en agosto a algunas figuras  de la música clásica.

Me vienen nombres de aquellos años y sus actividades. Cito algunos. Rafael Gutiérrez Colomer e Isaac Cuende que crean el grupo multidisciplinar Cuévano, el grupo de teatro Caroca, Ramón Viadero y sus ediciones a través de su librería Puntal, los primeros grupos musicales de la llamada marejada cántabra. Francotiradores con perfiles de Sísifo.

Uno de los territorios que más olían a naftalina era el Museo de Bellas Artes. Allí fue nombrado Director-Conservador Fernando Zamanillo en 1979. Desde el primer momento tuvo ocasión de comprobar el inmovilismo de toda la maquinaria del mismo. No sé si se puede decir que partió de cero o desde más atrás, incluso. Él inició la actividad museística, la programación expositiva, realizó la revisión, catalogación y actualización de sus fondos y exposición de los mismos, así como de sus actividades culturales, promoviendo una intensa programación de exposiciones.

Fernando abrió la ventana para que entrara aire fresco y se fuera el olor a humedad. Y se notó. Nuevos aires en el museo y nuevos espectadores, más jóvenes, más interesados en las corrientes artísticas  que centraban el interés de los creadores de la transición. Y buscando la complicidad artística y afectiva del nuevo público.

Algunas de las exposiciones que realizó tuvieron un valor de modernidad, de atrevimiento. Impensables hasta ese momento sin la valentía que supuso su programación. Cito algunas. La del pintor barcelonés Ocaña, símbolo  de las Ramblas y de los cambios que se estaban produciendo en la sociedad española y de quien se cumple estos días el aniversario de su muerte. La exposición Contexto de Victoria Civera, Joaquín Martínez Cano y Juan Uslé, una instalación que proponía una reflexión sobre los espacios naturales lúcida y lúdica verdaderamente impactante… Y tantas otras que se pueden consultar en la hemeroteca y catálogo sentimental de los espectadores de aquellos años.

Yo recuerdo una experiencia íntima e intensa que me pareció irrepetible entonces. Fernando Zamanillo invitó a dos grupos reducidos de alumnos de dos centros escolares distintos a una representación de mimo por Román Calleja y su grupo Caroca ante el Fernando VII de Goya. Los estudiantes, sentados en la moqueta del museo, no sabían si mirar el Goya o la gestualidad de Román Calleja que nos evocaba a Marcel Marceau.

Fernando tuvo que irse del museo. Las sospechas de su alejamiento corrieron de boca a oído. Probablemente, entre los recuerdos y anécdotas que contará en su conferencia haga alusión a su cese. También a las dificultades que encontró en los estamentos oficiales o paraoficiales para llevar a cabo una necesaria modernización que luego, con un entorno social afortunadamente diferente, ha continuado Salvador Carretero.

Zamanillo por su parte prosiguió sus actividades en las artes plásticas con se energía habitual, a través de la compartida Siboney, más recientemente Del Sol Str. Gallery y multitud de proyectos y comisariados innovadores, con intervenciones en conferencias y textos críticos siempre atento a las nuevas corrientes artísticas y a estimular y apoyar a los artistas emergentes. Por eso queremos tanto a Fernando.  

21 Septiembre 2008

Vicky Uslé: entre lo inutitivo y lo inmediato. Luis Alberto Salcines

Archivado en: Literatura, Salcines, Uslé — Miguel Ibáñez @ 13:29

Mi amigo Luis Salcines me manda un artículo sobre la pintora Vicky Uslé, acompañado de unas reproducciones de su pintura, de las que me limito a poner tres aquí, lo justo para una degustación.

Domingo soleado, artículo de Luis y buena pintura. ¿Se puede pedir más?

VICKY USLÉ: ENTRE LO INTUITIVO Y LO MEDITATIVO

 En el cielo azul

escribo con el dedo.

Crepúsculo de otoño

  Issa Kobayashi

 

 

En la galería  Siboney presenta su primera muestra individual en Cantabria Vicky Uslé. Nacida en Santander en 1981, tuvimos ocasión de ver su obra en esta misma sala en 2005 en una colectiva titulada La mina no está agotada, junto a Manuel Losada y Álvaro Trugeda, los tres pintores. Al año siguiente, en 2006, participó en otra colectiva de artistas emergentes, Donde las mujeres,  en los Torreones de Cartes.

La  vocación de Vicky Uslé se ha ido afirmando sin urgencias, cuidando todos los detalles, madurando en el estudio, la reflexión y la práctica de la pintura, tratando de encontrar una voz propia en medio de la polifonía del momento actual, en el que son frecuentes los éxitos con canciones de estribillo fácil, las canciones del verano y  la repetición de fórmulas que conducen a una popularidad efímera y saludablemente olvidable.

En su caso, ha manifestado una actitud ante la pintura que refleja su independencia. Afirmaba en una ocasión: “Un artista debe sentirse libre en su expresión, no coaccionado, tanto mental como físicamente, y de ningún modo comprometer su cerebro en una carrera estúpida detrás de los puntitos rojos”. 

Su mestizaje cultural al vivir a caballo entre la ciudad de Nueva York y el pueblo de Saro, entre lo urbano y el campo, entre el asfalto y los prados, entre los  rascacielos y los árboles, entre el sonido de la ciudad y el silencio de la naturaleza, entre el peso de la información de Nueva York y la reflexión en Saro,  ha significado para ella una suerte añadida de riqueza intelectual y sensorial muy útil para su desarrollo como creadora plástica.

He tenido ocasión de comprobar la importancia que concede a la observación de la naturaleza para captar matices, detalles que se incorporan cada día, luces…  paseando con ella por el jardín de su casa de Saro y viendo cómo sus ojos iban captando todas las novedades: esta hoja, ese color, aquella textura de la corteza… Pensaba en un haiku de Basho: “Después de la lluvia / Reciente, el musgo ha / Crecido mas verde que nunca”. Y recordaba las palabras del pintor César Manrique recogidas en el libro La palabra encendida por el poeta Fernando Gómez Aguilera: “Mi alegría de vivir y de crear me la ha dado el haber estudiado, contemplado y amado la gran sabiduría de la naturaleza”. Y en otro momento: “Desde siempre, mi curiosidad ha sido lo que ha marcado mi trayectoria, lo que ha enriquecido mi alma, para saber y meterme en todos los resquicios de la tierra con mirada escrutadora, con mirada analítica de búsqueda total, en las infinitas formas, texturas y colores, en una constante revelación y sobre todo con una fascinación difícil de explicar al entender que en ese placer de observación había en mí una especie de integración y de comprensión absoluta. La naturaleza me daba generosamente lo que otros no veían ni entendían”.

Se viene hablando en los últimos años de la muerte de la pintura. Sin embargo, se sigue pintando y se incorporan a este lenguaje jóvenes artistas: la mencionada exposición de su presentación en Siboney junto a otros dos pintores es un ejemplo de los muchos artistas que no desdeñan otras experiencias en el ámbito de la creación pero que su interés expresivo se centra en la pintura. Vicky Uslé es un ejemplo de ello. Ha trabajado en el campo de la fotografía y del ballet pero su aliento creativo adquiere intensidad  y lirismo con la pintura.

Ahora, en la sala de la calle Castelar, presenta una selección de acrílicos sobre lienzo de grandes dimensiones, algo que a Vicky le gusta mucho, la idea de sumergirse en la tela  para ir manchándola e iluminarla desde dentro. En ese combate de boxeo que el pintor Eduardo Arroyo utiliza como metáfora de la creación pictórica, la lucha que se establece entre el artista y la tela convirtiendo el escenario en un ring, Vicky coloca inicialmente la tela sobre tabla, para intervenir con mayor libertad mezclando energía y sutileza. Acabada la obra,  sustituye la tabla por un bastidor.

Los cuadros de la exposición son recientes, sin embargo, algunos proceden de trabajos realizados hace cuatro años que han sido rescatados y repintados con el lenguaje gestual y cromático que utiliza ahora. En ellos son más perceptibles los elementos figurativos, con su ambigüedad  de cara a la interpretación por parte del espectador, que entran en diálogo con los anchos brochazos horizontales, verticales y ondulados que se superponen bajo sutiles transparencias.

Alternan los gestuales brochazos con las delgadas líneas  que en ocasiones se acortan hasta determinar pequeños rectángulos a modo de pinceladas en colores vivos que distribuye sobre la tela y que por su textura producen un efecto visual como si se tratase de papeles pegados,  cintas adhesiva, de collages. El espectador es tentado a aproximarse al lienzo y comprobar de cerca la textura pictórica. Al mirarlos de lejos pueden sugerir personas situadas en un paisaje, el perfil de un cuerpo femenino, una esquemática forma animal… 

Hay un predominio de la composición diagonal (Frontera rota, Amuleto-papel…) y la utilización de una amplia paleta en la que destaca una preferencia por el amarillo. Unas veces busca los colores contrastados, otras, cuida las gamas tonales como en el mencionado Amuleto-papel, misteriosa cinta quebrada  a base de rectangulares brochazos en ocres, negros y amarillos que parece flotar en el espacio. Una de las piezas en mi opinión mejores de la muestra.

En algunas obras pueden verse restos de grafismos de carboncillo, una salpicadura, un escurrido. Vicky lo quiere así, le gusta integrarlos en la tela para que se vea el proceso de ejecución del cuadro.

Acompañan a las telas una colección de dibujos de pequeño formato. En ellos es más evidente quizás el acento orientalizante de su obra, una consecuencia de su gusto por las acuarelas y los haikus japoneses en una actitud coincidente con la del pintor catalán Tàpies. Vicky consigue una suerte de poemas visuales con colores y trazos de una gran delicadeza que atrapan al espectador por su belleza y su misterio. Son formas abstractas con posibles referencias orgánicas más analíticas, más pensadas que en los acrílicos en los que se deja llevar por un proceso más intuitivo.

Incluye entre ellos otros en los que aparecen fragmentos de cuerpos femeninos (brazos, piernas…) en los que se oculta el rostro por una máscara, por el pelo o porque deliberadamente no completa el cuerpo dibujado. Son enigmáticas figuras que parecen surgir del sueño y del recuerdo,  de los ámbitos de la niebla de la memoria. Solamente hay un retrato completo que presenta con la imagen invertida envuelto por una atmósfera onírica.  

Entre lo intuitivo y lo meditativo, entre las formas reveladas y las evocadas, entre la figuración y la abstracción, en un territorio de fronteras imposibles, de límites sólo impuestos por el lenguaje de la propia pintura, sin urgencias, sufriendo y disfrutando al mismo tiempo con el proceso creativo, Vicky Uslé nos hace seguir confiando y degustando los valores plásticos de la pintura, de su belleza y su misterio, a la vez que se afirma como una de las artistas más poéticas, sutiles y con talento de su generación. 

 

 

21 Agosto 2008

Jesús Pardo: el autor frente al espejo. Luis Alberto Salcines

Archivado en: Literatura, Pardo, Salcines — Miguel Ibáñez @ 9:13
El Sardinero bajo la nieve. Colección Samot.

 

En 1996 Jesús Pardo publicaba el primer tomo de sus memorias bajo el título Autorretrato sin retoques. Ya para entonces había publicado gran parte de su obra en narrativa más importante iniciada con Ahora es preciso morir, y continuada con Ramas secas del pasado, Cantidades discretas y Eclipses, todas ellas con referencias autobiográficas ficcionalizadas que el lector podrá descubrir con la primera entrega memorialista.
No es el memorialismo un género literario muy frecuente en la literatura española como lo es en la anglosajona, por ejemplo. De vez en cuando algún autor llama la atención con su libro más por las anécdotas o chacarrillos que cuenta que por el verdadero sentido que debe tener un libro de memorias.
Realmente es un género difícil y comprometido. Hay que haber vivido mucho, ser observador, saber trascender la anécdota personal, tener memoria y, sobre todo, saber contar, saber narrar. Cualquiera te dice que su vida sí que es para escribir una novela. Luego te das cuenta que lo que te cuenta es una sucesión de anécdotas, fechas, encuentros, sin saber interpretarlos, sin contextualizarlos. Válidos, como mucho, para consultar datos o fechas. Todo lo contrario que encontrará el lector en las memorias de Pardo.
En España fueron muy bien recibidas las de Carlos Barral, Cuando las horas veloces, las de Juan Goitysolo, Coto vedado, Recuerdos y olvidos de Francisco Ayala, las de Adolfo Marsillach, Tan lejos, tan cerca, Mi último suspiro de Luis Buñuel y Pretérito imperfecto de Castilla del Pino, por citar títulos y autores tan diferentes entre sí. Algunas han sido impulsadas por el Premio Comillas de la editorial Tusquets.
Hay que decir en primer lugar que son memorias de memoria, como indica el título del segundo tomo, es decir, están escritas sin consultar ningún dato. Por eso afirma: “En una historia como ésta, la verdad no es más que lo que llega al filtro de la inteligencia desde la cámara frigorífica de la memoria. Y es seguro que llegará tullida, deformada incluso, y que sus detalles serán menos fiables que el testimonio apoyado en documentación fidedigna, pero siempre tendrá más exactitud mágica, de esa que sobrevive a la exactitud histórica y cronológica, y aun a la matemática, porque se nutre del poso que dejó el suceso en la mente de su protagonista, antagonista, comparsa o claque, en el instante de ocurrir”.
En cualquier caso, las evocaciones desde la memoria, no son reconstrucciones: “Cualquier intento de reconstrucción del pasado falla siempre en lo esencial: color, sabor, olor, y sólo salva, con un poco de suerte, parte de la cáscara. Tanto más desesperante es esto cuanto más salta lo perdido a la vista del frustrado reconstructor”.
Autorretrato sin retoques, primer volumen de las memorias, “Iba a titularse Razón sin razón de vida; es decir, la búsqueda de razones para algo que, como la vida humana, no las tiene” explica en el prólogo.
La portada del libro ya define en cierto modo al autor que se convierte en personaje central de las memorias. Aparece Jesús Pardo con un maletín en una mano, unas bolsas en la otra y debajo del brazo unos libros. No se sabe muy bien si vuelve de un viaje o está a punto de partir. Al llegar a su mayoría de edad la vida de Jesús Pardo va ser un continuo viaje entre Madrid y Londres principalmente, pero también a otras ciudades europeas, debido a su actividad profesional como corresponsal, con fugaces viajes a Santander. “La rana viajera” se autodenomina en un momento dado.
Están divididas en cuatro partes. La primera es su etapa en el Sardinero, desde 1927 a 1944. La segunda sus cuatro años en Santander, entre 1944 y 1948. La tercera tiene lugar en Madrid a partir de 1948, cuando con veintiún años cobra su herencia y se va a esa ciudad hasta 1952, fecha en la que se traslada a Londres como corresponsal. De 1952 a 1974, fecha en la que vuelve a España, es abordado en la última parte del libro.
De 1927 a 1944 vivió en el Sardinero. Era un mundo propio, una isla. No tenía nada que ver con Santander para Pardo. Se hacía una vida aparte. Él viviría en Villa San José con su tía Curra y su tío Marcelino, sin recibir visitas y con el depósito de una inmensa biblioteca que devoraba y que alimentaba sus ansias de ser escritor. Sus padres le dejaron allí con dos años: “Ambos pasaron por mí como luz por el cristal”. De hecho se refiere a ellos por sus nombres, Josefa y Adolfo, como unos miembros más de la familia, no como sus padres, quizás desde una cierta lejanía o falta de sentimentalidad. Pero fueron “Tía Curra y su casa los que me hicieron ser lo que soy”. “El Sardinero es mi única patria, hasta el punto de que no me siento español, ni menos cántabro, santanderino o montañés, sino sardinerino o pejino. El olor, el color, la humedad del Sardinero siguen siendo sangre y espina dorsal de mi mente, y cualesquiera otros estímulos que les fueron sucediendo en mi experiencia salieron perdedores en esa competencia”.
De 1944 a 1948 vivió en casa de su tío Rafael en Daoíz y Velarde. Se trataba de esperar a cumplir los veintiún años y cobrar la herencia de su tía Curra. Después levantaría el vuelo. La personalidad de Jesús Pardo vendría determinada por dos tipos de familias y dos clases sociales totalmente distintas, la burguesa decadente de su padre, representada por villa San José, y la socialista por parte de su madre en la calle Daoíz y Velarde.
Es demoledor en la descripción de la decadencia de la burguesía santanderina, del provincianismo del Santander de los años cuarenta así como hace referencia a la mediocridad intelectual de la ciudad.
Como lo es describiendo en la tercera parte el ambiente “cutrísimo” de Madrid cuando llega en 1948 al que se fue acostumbrando. En esa ciudad iría adelgazando la herencia recibida con un ritmo de vida que comienza directamente residiendo en el hotel Ritz para ir buscando posteriormente a medida que se agotaba el dinero, barojianas pensiones. Trabajaría en los sindicatos, a los que dedica un capítulo, de traductor e intérprete, lo que le permite conocer por dentro las alcantarillas del Régimen. Nos habla de la censura, autocensura y propaganda utilizando a confidentes y periodistas, de la hipocresía generalizada tanto en política como en religión, del miedo y la lucha por medrar desde la sumisión ideológica y el adulamiento; de su jerarquía, intrigas, corrupción y burocracia con nombres propios; la represión moral de la Iglesia, especialmente por ensotanados castradores del erotismo y la sexualidad.
A los ambientes culturales, a sus tertulias, les dedica varios capítulos: la decadencia del café Gijón y la anoréxica economía de sus contertulios, a los que cita, de los que hace semblanzas y opina sobre su obra, en espera de un aplazado éxito literario que les redimiese de su precariedad pese a su mediocridad intelectual generalizada. Con una de ellas, el movimiento de la Juventud Creadora, que publicaba Garcilaso, dirigida por García Nieto, entró en contacto de un modo periférico, como lo hizo con Proel diría Jesús Pardo. Siempre ha sido muy resistente a formar parte de grupo alguno.
Es nombrado corresponsal en Londres de Pueblo en 1952 y más tarde de Madrid, cargo que ejercería durante veinte años. En esa ciudad fue, afirma, “donde me sentí plenamente yo”. Allí se relaciona con los ingleses para conocerles frente al resto de los españoles que se relacionaban más entre sí.
La diplomacia y los corresponsales españoles en Londres, entre fiestas, intrigas y con la oreja puesta en dirección a Madrid en espera de consignas y ascensos, cortando y pegando diríamos hoy con el lenguaje del ordenador, son objeto de sus críticas, la sumisión esperada, la censura.
Durante un tiempo, de 1967 a 1972, estuvo de corresponsal de Madrid por varios países de Europa del Este; al cierre del periódico lo sería para la agencia EFE con base en Ginebra: Varsovia, Praga, Moscú, Budapest, Sofía, Berlín, Belfast, Israel, Nueva York (1971), Atenas, El Cairo… fueron algunas de las ciudades de las que volvía con más libros y más botellas, para, como él dice con uno de sus habituales juegos de palabras, “beber más libros y leer más vino”.
El nombramiento de corresponsal de Madrid coincidió con lo que denomina “el mayor error de mi vida”: casarse con Pauline Margaret Knibbs, con la que tendría un hijo y una hija. La convivencia con Pauline se fue deteriorando progresivamente. Hacia 1970 la relación era pura rutina. Dedica abundantes páginas a la anulación de su matrimonio, utilizándolo como metáfora de la corrupción moral de un régimen y de una institución, la Iglesia. Lectura obligada para conocer la doble moral y simulación de aquellos años.
Memorias de memoria se inicia con su vuelta a Madrid de Londres en 1974. “Mis trampolines vitales son el Sardinero y Londres, con Madrid de indudable parada y fonda. Pero Madrid, al menos, existe: Santander no”.
Trabajará en la agencia EFE primero como corresponsal en París, Ginebra y Londres para luego volver a Madrid. La agencia era el hilo transmisor de tejemanejes políticos del régimen. Censura, propaganda, sueldos por silencios e incondicionales adhesiones, gañanes, trepas… Personajes que describe en crueles o burlescos retratos que acaban aludiendo a su muerte, por lo general en la miseria o la soledad. Años en el Valle de los Caídos, como llamaba a su despacho; de casa al café Gijón y el Roma, donde conoce a nuevos poetas: Antonio Hernández, Claudio Rodríguez entre ellos. Acopio de libros en Neblí, alguna casa de citas y el alcohol.
En el 74 tienen lugar en su vida dos importantes acontecimientos. Por un lado conoce a Paloma, quien será su segunda esposa. Por otro lado a Juan Tomás de Salas, que le llevará al Grupo 16, buque escuela hacia la democracia. Nuevos aires, jóvenes periodistas que empezaban a irritar al Régimen, aunque él sintiéndose cómplice, no hasta el punto “de compartir también los peligros: llegado el momento de la verdad, aquella no sería mi guerra” afirma. Durante algún tiempo trabaja simultáneamente en EFE y en Cambio 16.
Al morir Franco pide la excedencia en EFE y le nombran director de la revista Historia 16, para volver luego a Cambio 16 al sentir que no puede desarrollar su proyecto de cómo llevar la revista y dejarse llevar por la indolencia. Le nombran corresponsal volante en países del Este y Sudamérica, hasta que decide hablar con Luis María Ansón que le readmite en EFE y le envía de corresponsal a Copenhague donde estaría ocho meses. En el último capítulo comentará los diez últimos años en la agencia EFE preposfranquista, “basurero de la prensa española”, “el periodo más humillante de toda mi vida”. El día que cumple los sesenta años, fue a EFE a pedir la jubilación anticipada.
Quien quiera hacer un estudio del periodismo español durante la transición, deberá acudir a las memorias de Jesús Pardo sin duda alguna y si no quiere cometer algún olvido. Sobre todo en cuanto a valoración profesional, ideológica y humana de los periodistas que tuvieron un grado de protagonismo, a veces más virtual que real, en ella.
Sobre su valoración de la profesión de periodista y su posible influencia como narrador, escribe: “Puedo anotar con impávida gratitud lo mucho que debo a ese oficio. El desdén por la retórica, la necesidad de ir al grano”. Y en otro momento: “El blanco de mi vida era escribir cosas serias en serio, y el periodismo, entre tanto, me servía para ir tirando con ayuda de la pluma”. Por eso considera que “La literatura ha sido la única actividad en la que he sido enteramente honesto”. “La verdad es que nunca conseguí interesarme por ninguno de mis trabajos periodísticos desde la desaparición del diario Madrid. Sólo con el primer esbozo de mi primera novela seria: Ahora es preciso morir, trabajé apasionadamente en algo que para mí no era trabajo. Con paradojas como ésta se levantan catedrales”. Se me ocurre la posibilidad de publicar una antología de sus artículos periodísticos.
La coincidencia de tres hechos va a determinar su entrega de verdad a la literatura, su gran vocación, su gran pasión. Al conocer a Paloma deja la poligamia por la monogamia, “no por virtud moral o autodisciplina erótica, sino por evidente conveniencia. Y le llevará a afirmar: “Ahora sí que vas a escribir”. Por otro lado abandona el alcohol. “Yo bebía entonces de forma realmente desbocada” y el médico le asegura una muerte inmediata a poco alcohol más que ingiera. Automáticamente deja de beber. La esofagitis le hace pensar: “Mi vida comenzaba ahora su fase de escritor con mando en plaza”. Y ello coincide “al tiempo que una escurialense muerte resurrectora iba a liberarnos a todos de cuarenta años de puro paleolítico bajo las uñas sucias de una iglesia carroñera y los colmillos cariados de un ejército envilecido”.
Capítulo especial que dedica a reflexionar sobre su obra narrativa, breve pero imprescindible para sus fieles lectores por las claves que aporta. Lo titula Ahora es preciso seguir y arranca fechando el comienzo de la escritura de su primera novela, en 1979 en Copenhague, casi con cincuenta años, “uno de los momentos más solemnes y cargado de sentido de toda mi vida, y aún me agita cuando lo evoco”. Por fin era escritor.
Ya a los seis años había escrito una de piratas. Y más tarde otras incompletas que tiró a la papelera. Incluso ofrece novelas a las editoriales que aún no ha escrito. “Acabé por pensar que el tapón que me impedía empezar a escribir eran mis recuerdos de infancia del Sardinero. Como si mi tía Curra estuviese montando guardia a la puerta de mis sensaciones mentales y físicas de entonces con una goma de borrar”.
Escribe un borrador de Ahora es preciso morir de cien folios que reescribe más tarde. “Para Gimferrer, que la editó, era la primera novela de nuestra literatura en la que se trataba a ambos bandos de la guerra civil española como pura, simple historia, y en esto acertaba plenamente: rojo por parte de madre y faccioso por la del padre, con parientes asesinados a ambos lados de la alambrada, perdido a manos de los rojos el dinero que iba a hacer de mí un pequeño rentista santanderino de por vida, y a las de los blancos mi sosiego mental y entrepernil, yo despreciaba por igual a ambos inciviles bandos civiles” afirma.
Su familia la recibió como una ofensa porque “me autodesnudaba con la misma saña con la que les desnudaba a ellos”, impidiendo que se presentase en Santander. Él dejó de ir por la ciudad durante un tiempo.
Con cincuenta y tres años, Jesús Pardo formaba parte en España de la narrativa de los ochenta junto a los jóvenes autores que se incorporaban en esos años.
Su siguiente novela es Ramas secas del pasado, de 1984, que para su autor pasó sin pena ni gloria, “como un manchón mate y oscuro” después del fogonazo deslumbrante de la primera. Para Pardo, “no me parece bien rematada, aunque da una versión original y bastante exacta, que puede cobrar importancia, de la bohemia literaria madrileña y de las covachuelas del franquismo entre mis veintiuno y veinticuatro años”.
Su tercera novela fue Cantidades discretas, publicada en 1987, “la primera novela netamente inglesa que publica en España un escritor español”. En ella tuvo un papel esencial su mujer Paloma, que la resumió, sintetizo hasta el número de páginas con que se editó, dado que a Jesús se le atascó el final: “Mi idea era que ni empezase ni terminara, como suele ocurrir en la vida real, sobre todo por lo que a terminar se refiere, y al final me encontré con una maraña de cabos sueltos que no supe rematar”.
Su cuarta novela de la tetralogía autobiográfica fue Eclipses, escrita “deprisa y corriendo” y publicada en 1993. Novela “divertida y rara y, en bastante medida, evocativamente exacta, pero no está a la altura de Ahora es preciso morir y Cantidades discretas. Aquellas dos probablemente resistan el tiempo, y me parecen a la altura de lo mejor que se ha escrito en mi tiempo en novela española, de modo que no tengo razón para sentirme derrotado, aunque, si lo que yo proyectaba era una tetralogía, y las circunstancias, a contrapelo de mis deseos, me la han reducido a simple duología, tampoco puedo, honradamente, declararme victorioso”. De nuevo se muestra autocrítico.
Otras novelas, entre la tercera y la cuarta, Operación Barbarrosa, Las últimas horas de Pincher Trumbo, Yo, Marco Ulpio Trajano, Bucarest y Conversaciones en Transilvania, a la que dedica un capítulo. Son libros, escribe, que “Ninguno de ellos me interesa profundamente, sin que eso quiera decir que los considere malos”.
“El remate de mi tetralogía son mis dos tomos de memorias. Ahora es preciso morir abrió en mí, sin yo pensarlo o planificarlo en modo alguno, la espita de la mitomanía autobiográfica, que sólo ahora, terminado el segundo tomo de mi autobiografía, comienza a dar claros síntomas de agotamiento”. Por eso finaliza diciendo: “Mi único objetivo vital es que mi paso por la literatura española, sobre todo en el género memorístico, dé a ésta un aire nuevo, por mínimo que sea, de veracidad y autenticidad. En conseguir esto está en juego toda mi vida, y de ello depende para mí lo que yo entiendo por éxito o fracaso”.
Reflexiones sobre la guerra civil española (“Con la victoria de los nacionales yo perdí la guerra sin remedio, como la perdieron todos los que no querían vivir entre censuras, rosarios de la aurora y desfiles de la victoria”), las mujeres (“Lo que ponemos en las mujeres, como lo que ellas dejan en nosotros, es nuestro: no las necesitamos para revivirlo”), sus creencias religiosas (“Para mí, la necesidad de Dios está en la evidencia de que entre dos incompatibilidades como la nada y el todo ha de haber por fuerza una fuerza-puente, la cual no requiere de mi creencia en ella: otra cosa es que el Papa y sus secuaces no puedan vivir sin la urgente aportación de mi diezmo y mi primicia para seguir la representación”), la muerte (“También yo acabé convencido de que ni los muertos lo están del todo ni vivos del todo los vivos. La muerte se me transformó en otra forma de vida, y llegó a parecerme lógico oír y hasta decir cosas como: Fulanito está muerto, porque, aunque no se puede estar sin ser, los muertos, para mí, sobre todo si eran de buena familia, no podían dejar de ser”).. .
Todo lo que cuenta está plagado de anécdotas que al lector le parecen increíbles, riéndose con ellas. Incluso a Paloma, su mujer, le parecían fruto de su fantasía, pero pasa el tiempo y comprueba que sucedieron realmente.
El humor y la ironía empapan las páginas de sus memorias. Para Jesús Pardo “El humor es secreción de la inteligencia, algo consustancial a la mente”. En los retratos, en las descripciones de espacios físicos: paisajes y escenarios de su vida: el Sardinero, Madrid, Londres…; Villa San José donde transcurren sus primeros años, las sórdidas y barojianas pensiones en las que vivió… anécdotas que cuenta… En muchas ocasiones un humor duro, cruel podríamos decir. Y un humor negro dado que la muerte es una de las omnipresencias en las memorias. Refiriéndose a su conocimiento de los idiomas, trece, nos dice: “Conseguiré, si no otra cosa, que mis gusanos sean los más políglotas del cementerio”.
Los retratos, breves, precisos, con un aparente tono de objetividad, tienen en algunas ocasiones una componente burlesca apoyándose en su ingenio literario. El autor probablemente diga que los personajes eran así como él los describe. También puede decir que así los veía él. En muchos de ellos acaba refiriéndose a la última vez que les vio y su muerte en el olvido, la soledad o el merecido silencio. Un ejemplo: “Uno de los ceros derechistas más a la izquierda que he visto en mi vida”
Frases duras, lapidarias: le dice a su padre, enfermo: “si tú ya no te vas a poner bueno”; le pregunta a su tía Curra si su tío tardará en morirse para heredar el piso que la había prometido… Sin citar las auténticas trastadas y engaños, de verdadero pícaro, como pedir dinero prestado en nombre de su tía y empeñar unas esmeraldas de la madre de ésta para adquirir las obras completas de Galdós y Dostoievski u otros libros en la librería de viejo de Padilla. Cuando afirma: “Nunca sentí culpabilidad alguna por robos y tormentos a tía Curra, a quien consideraba como algo tan mío que incluso su cuerpo y mente me pertenecían”. Al final, su tía Curra diría de él: “Con Jesús no es una cruz sino un castigo de Dios y un martirio”.
Pero asimismo recordando determinados comportamientos: como cuando abofetea a su madre a la que supone responsable de haberle calentado las sábanas un día verano.
Está claro que no busca la complicidad del lector, no ofrece autojustificaciones, se muestra tal y cómo se recuerda que fue.
Tampoco se ha refugiado en la impunidad que le daría citar sólo a personas muertas que no pueden corregirle o discrepar. Se refiere valientemente también a personas que están vivas cuando se publican sus memorias y que no les va a gustar probablemente lo que lean sobre ellas.
Por eso el lector a veces se siente identificado con sus reflexiones, pero otras las rechaza y Pardo le parece especialmente antipático. Él no pretende ni lo uno ni lo otro. Sólo contar lo que recuerda como lo recuerda.
Abundan las palabras y frases en latín, en inglés y francés principalmente. También numerosas citas, como lo hace regularmente en su conversación habitual ayudado de su prodigiosa memoria. Pero nunca dan la impresión de ser utilizadas pedantemente al recurrir a ellas oportunamente. Dante es de los más citados, autor de culto para él.
Le gustan mucho los juegos de palabras, las redundancias, la ruptura de frases echas, coloquiales, las perífrasis, las paradojas. Una sintaxis muy libre que obliga a una lectura muy atenta y a implicarse al lector, con párrafos en ocasiones muy largos, sin un punto.
Un rico y cuidado vocabulario, muy personal, se combina con uno más coloquial y cotidiano, popular que incluye frases hechas. Pero al mismo tiempo creando neologismos, palabras nuevas o no utilizables derivadas del español.
El tiempo ha ido pasando. Al final, “de aquel Sardinero quedan piedras, pavimentos y hasta árboles, de Tía Curra algún hueso a medio fosilizar, pero de aquel pequeño y turbado Jesús Pardo no quedaba ya ni un átomo”. Y en sus dos tomos de memorias nos va mostrando la evolución de ese personaje que crea y es él mismo. Un poco como la mano de Escher que dibuja una mano que a su vez dibuja a la primera.
La imagen que trasciende de su persona: alguien apasionado, que apuró la vida cuanto pudo. Nervioso, inquieto… Inteligente y culto, muy exigente con los demás pero también consigo mismo. Suele, dice él, “menospreciar”, no despreciar, a los que cree mediocres y con mal gusto. Maniático en algunos aspectos: la confección de listas de las cosas que debe hacer, de amigos a visitar, de amores; la acumulación de comida que al final tiene que tirar por caducada y que remiten a una persona desordenada en lo doméstico. A la vez, un exquisito que aprovechaba los momentos económicos felices para comer bien y estar en buenos hoteles, en realidad, como él mismo reconoce: “residuales resabios altoburgueses” que no desaparecieron con los años. Discutidor, incluso con Paloma, su mujer, siempre ha tenido miedo de su espontaneidad a irse de le lengua: Londres, agencia EFE… Pero, sobre todo, una amante de la literatura y del oficio de escritor a quienes ha entregado buena parte de su vida, especialmente los últimos años.
¿Cuánto de ficción hay en las memorias y cuánto de autobiografía en las novelas? Queda por analizar para quien haga el necesario estudio de la obra de unos de los autores en lengua española más importantes de la segunda mitad del siglo veinte y, afortunadamente, aún en ejercicio.
Se pregunta en un poema: “¿Qué será de mi pasado / cuando mi memoria muera?, / ¿se volverá pura nada / tras no ser nada conmigo?”. No será así, quedarán, sin duda alguna, sus páginas como memorialista por su sinceridad, su brillantez literaria, su audacia y su profundidad reflexiva. Añadidas a su narrativa y su obra en verso (hace unas semanas ha aparecido en Huerga & Fierro Gradus ad Mortem IV-V-VI, una suerte de diario poético en el que abunda en sus grandes temas: el paso del tiempo, la muerte y lo religioso) le harán ocupar un lugar muy destacado en la literatura en española del cambio de siglo.
En cualquier caso, un autor que merecería un reconocimiento institucional de su comunidad de nacimiento por su reconocida trayectoria literaria.

23 Junio 2008

Emilio González Sáinz y José Luis Mazarío: largos trazos de una amistad. Luis Alberto Salcines

Archivado en: González Sáinz, Literatura, Mazarío, Salcines — Miguel Ibáñez @ 13:57

  

  

 

  

  

 

  

  

 

  

La casualidad ha hecho coincidir las exposiciones de dos pintores cántabros a los que une una antigua e intensa amistad, acentuada con el paso de los años. José Luis Mazarío muestra su innovadora obra reciente (sus circos, sus paisajes…) en la galería Siboney, Emilio González Sainz exhibe su poética vuelta de tuerca (sus interiores, sus paisajes melancólicos y serenos…) en Caja Cantabria.
Se conocieron a los doce años como alumnos del pintor Julio Sanz Sáiz en el estudio que éste tenía en el Barrio de Covadonga de Torrelavega. Allí estuvieron dos años. Su relación se interrumpió cuando los padres de José Luis se trasladaron a vivir a Santander.
Algunos años más tarde, se encuentran. Emilio le cuenta a José Luis que está haciendo BBAA en Bilbao y le anima a que él lo haga. Un año después éste se matricularía en la misma Facultad y compartirían piso durante un curso.
Al acabar preparan las oposiciones a Secundaria. Las obtendrían en el mismo orden en el que comenzaron los estudios, primero Emilio, un año después José Luis.
Su relación se va intensificando. Durante el curso 89-90 comparten estudio en Santander junto a Raúl Reyes. Un año más tarde, Emilio se va a vivir a Ucieda e impartir clases en Cabezón de la Sal, José Luis si iría a Gandarilla y trabajaría a en San Vicente. Semanalmente se visitan. Los jueves era costumbre verse en Gandarilla. De noche, hasta altas horas de la madrugada, acompañados de música rock (Emilio formó parte de un grupo con el que no estoy muy seguro ahora si llegó a actuar) y algún carajillo, pintaban temperas y acuarelas.
Quisiera imaginar la escena, la serenidad y el metodismo de Emilio, casi monacal, frente a la energía, la pasión y el caos de José Luis. Recuerdo a Mazarío llegando a clase a primera hora de la mañana, acelerado, azotao dicen en Asturias, sofocado, entrando en el centro como las canastas que se consiguen en baloncesto cuando el balón inicia el descenso hacia el aro y está sonando la campana.
Algunos días después nos llevaba unos cuadernos para que viéramos las acuarelas y apuntes del natural que había hecho en el estudio o recorriendo los paisajes de Ucieda o Gandarilla, como más tarde cuando se trasladaron en verano a Cornualles, un viaje de pintores, decía Emilio, un viaje para pintar. No sólo del natural sino también creaciones propias.
Probablemente esta fuese le etapa en la que más afinidades hubo entre sus obras. Había una complicidad, una atmósfera, un sentimiento común, una actitud similar ante la pintura. El crítico Gabriel Rodríguez hacía referencia en uno de sus textos a esta afinidad cuando escribía: “José Luis Mazarío ha trabajado siempre en una curiosa sintonía con Emilio González Sainz. En este camino paralelo hay que resaltar la similitud temática y la divergencia técnica. En cualquier caso la obra de Mazarío es mucho más romántica y más terrenal”
Más tarde, sus trayectorias artísticas se fueron consolidando, consiguieron una madurez y una dicción personal y tuvieron un desarrollo en algunos momentos paralélelas. Exponen en colectivas como Atrévete Cantabria, la primera edición de El puente de la visión del Museo de Bellas Artes de Santander en 1996 junto a Antonio Mesones, luego los dos en Carmen de la Calle de Jerez de la Frontera en 1997, la Bienal de Oviedo en 1996, las ediciones de sus catálogos del Colegio de Arquitectos de Santander en 2000 presentados por Fernando Zamanillo, más diversas colectivas organizadas por la Consejería de Cultura y la Galería Siboney, a la que se habían incorporado (la primera individual de Mazarío en ella es en 1988, González Sainz lo haría en 1992) tanto en la propia sala como en otros espacios, por ejemplo su presencia en la feria madrileña de ARCO en varias ocasiones.
En definitiva, una larga e intensa relación artística y humana, desde la complicidad en la pintura y los afectos, que les lleva a consultarse recíprocamente en cuanto hacen obra nueva esperando el juicio sincero, implacable del amigo pintor que conoce su pintura y que sabe de dónde procede todo, de la cabeza, del corazón y de la mano.
Al espectador, entre tanto, la cabe disfrutar con los paisajes blancos y melancólicos, de silencio, los interiores con acento inglés de viejos exploradores y de zoólogos, las cuevas de antiguos ermitaños, de Emilio González Sainz. Al mismo el visitante se deleitará con las obras de José Luis Mazarío, sus interiores con jarrones, sus escenas de circo llenas de melancolía, sus paisajes de agua en bosques, playas y puertos junto a viviendas domésticas o arquitecturas metafísicas, con personajes solitarios o parejas abandonadas al abrazo del amor, o su reinterpretación de clásicos como Zurbarán.

 

Nota de La Grúa: acompañamos este artículo de Luis Salcines con unas reproducciones de obras de los dos pintores mencionados. Las cuatro de arriba son de José Luis Mazarío, las cuatro de abajo de Emilio González Sáinz

Entradas más antiguas »

Blog de WordPress.com.