Este poema empezó siendo la evocación estática de un paisaje desde el patio del instituto, cuando salgo a fumar, y acabó por ser el recuerdo de un paseo de invierno por Isla (el monte Cincho, los prados, la marisma). Los poemas se parecen en eso a la vida: se nos imponen. Una vida planificada será como un poema planificado: podemos decir de ella que es correcta, pero nada más.
Tuve ciertos reparos en utilizar palabras como “ido” -en vez de “absorto”, por ejemplo- o “volverse” en lugar de “regresar”, y también en rimas tan ripiosas como “milanos” y “campanos”, pero también en eso un poema tiene que parecerse a la vida. En la vida hay prosa, ripios, improvisación, encabalgamientos y desajustes de ritmo. Es entonces una exigencia ética que los haya también en el poema.
Salgo a dar un paseo. Dos milanos
desgarran las costuras de diciembre.
Llega del monte un eco de campanos.
Hace frío. Me digo: lo que siembre
en los ojos, del alma será mies
algún día. Camino un poco ido
entre la escarcha. Sombra, destello es,
me digo aún, el mundo conocido
del que conoceré: se rompe un charco,
se estremece en la ciénaga una juncia,
traza en el mar la luz un débil arco,
y todo significa, todo anuncia.
Se ha levantado viento. En el rumor
de las ramas no escucho más mensaje
que el del tiempo y la muerte. No hay dolor,
sin embargo. Me vuelvo. Todo es viaje.